miércoles, 8 de febrero de 2023

Octubre y las campanas de independencia

Ahora hay nuevos retos. El futuro no es determinista sino problemático. No solo se trata de defender la justicia sino hacerlo con nuevos códigos de comunicación. El genio colectivo es pensamiento y participación...

Julio Cesar Sánchez Guerra en Exclusivo 10/10/2022
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La Demajagua
El socialismo no puede ser ajeno a la alegría y a la creatividad, al campanazo en el corazón

Corre el año 1868, hay que encender la antorcha de la libertad y no apagarla jamás. Andan inquietas las tierras orientales; en las logias masónicas se agrupan fuerzas redentoras. España ha cerrado todas las puertas, y la reunión en San Miguel del Rompe,  entre camagüeyanos y orientales, termina con el eco de las palabras cespedianas: “¡El poder de España está caduco y carcomido, y si aún nos parece grande y poderoso, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas, levantémonos!”

Los camagüeyanos piden más tiempo para hacer zafra y tener dinero con el que financiar el levantamiento.  Céspedes no quiere esperar, el tiempo ayuda a desarmar insurrecciones. Tres posiciones se enfrentan por aquellos tiempos: El integrismo español, el independentismo colegiado del Camagüey y el independentismo centralizado de Carlos Manuel de Céspedes. Otra reunión el 6 de octubre, el alzamiento listo para el jueves catorce. Hay peligros y Céspedes se adelanta: El 10 de octubre llaman las campanas del ingenio de la Damajagua; esta vez los esclavos no van a cortar caña,  reciben la libertad y el camino de luchar por la independencia de Cuba: Comienza la epopeya.

Y a la guerra se va un pueblo que une a blancos y negros, ricos terratenientes y  campesinos pobres, hombres y mujeres. Se mezclan las sangres del heroísmo. Nace una  bandera con la estrella solitaria, y la que cose Cambula y alza Céspedes, de honor en el patrimonio de la asamblea; himno y escudo, las regiones estrechas se abren y la Patria se ensancha más allá del Cauto o Las Clavellinas. Surgen heroicos los Maceos, y las ciudades arden antes de entregarlas a los españoles.

Diez años de lucha y llega el Zanjón, la paz sin independencia, y esta vez no es un terrateniente sino un  campesino de tez oscura quien alza la voz digna en Baraguá . La lucha no termina sino hay independencia. Queda la antorcha encendida por encima del silencio en la manigua.

Es 1895, y otra vez se escucha la campana. José Martí, redacta el Manifiesto de Montecristi, y no teme asegurar que no es una revolución que nace de la nada sino que es continuación de la iniciada por Céspedes. Tiene que ser una guerra breve. Ya ha sido formalmente eliminada la esclavitud pero no hay independencia. Hay otro peligro que cae desde el vecino del Norte quien no tiene el gesto de reconocer la beligerancia de los cubanos. La fruta parece madura y el Tío Sam espera la hora de la ley de gravedad. Muere un domingo Martí, entre un dagame y un fustete. Muere Maceo, un lunes gris en Punta Brava. La envidia o las pasiones, le recuerdan a Gómez que él es Dominicano, siendo más cubano que muchos cubanos. Es la intervención del vecino codicioso. Hay funestas divisiones y solo llega la mitad de la independencia.

 Nos llega el siglo vente con el estigma de la enmienda Platt. El artículo tres deja la llave de Cuba en manos del Congreso de Estados Unidos. Regresan las  luchas y las revoluciones, falta independencia y justicia social. La revolución del 30 contra la dictadura de Machado. Otra revolución contra la dictadura de Batista. Dice Mella en los años 20 y la Joven Cuba en los años 30 que el camino es el socialismo. Aparece Chibás  con una escoba para barrer los males del país. La ortodoxia hunde sus manos en el cuerpo de Martí. Y Fidel asalta el Moncada.

No es fácil abreviar una historia de revoluciones con sus llagas, derrotas y victorias. Es una historia de un pueblo joven que intenta levantarse demasiado cerca de un imperio. El primero de enero de 1959, es un día del triunfo y comienza la tarea más difícil, asegurar la independencia, la soberanía y la justicia social para los cubanos

El intento es enorme y desafiante. No es una batalla desde las oficinas tranquilas del pensamiento sino en permanente condición de plaza sitiada, agredida por todos los flancos y bajo la presión de errores propios. No se trata de una sola revolución sino de una continuidad hecha con muchas revoluciones.

Sesenta años después, sigue el campanazo porque las revoluciones no terminan. Martí lo había dicho a un amigo: “Para mí, la Patria no será nunca triunfo; sino agonía y deber”

Ahora hay nuevos retos. Fidel, sorprende a los jóvenes el 17 de noviembre de 2005, cuando les asegura que nosotros mismos podemos destruir la revolución. El futuro no es determinista sino problemático. No solo se trata de defender la justicia sino hacerlo con nuevos códigos de comunicación.  El genio colectivo es pensamiento y participación.

No se trata de colgar en las paredes el concepto de revolución, sino de no mentir y guiarse por valores éticos, asumir el amor como un acto revolucionario. En tiempos del memes el heroísmo tiene otros nombres sin perder la memoria que nos salva. El socialismo no puede ser ajeno a la alegría y a la creatividad, al campanazo en el corazón, porque no hay revolución sino se produce en nosotros mismos,  el canto a nuestro tiempo, a la verdad y la justicia inmarchitable de los pueblos.


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Julio Cesar Sánchez Guerra

Pinero de corazón. Pilonero de nacimiento. Cubano 100 por ciento. También vengo de todas partes y hacia todas partes voy. Practicante ferviente de la fe martiana. Apasionado por la historia, la filosofía y la poesía.


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