Es evidente que a menos que ocurra un milagro (algo inusual cuando se trata de la puja por la Casa Blanca) el septuagenario congresista Bernie Sanders puede despedirse, por segunda vez en su trayectoria, de las aspiraciones de asumir la candidatura demócrata a la presidencia de los Estados Unidos.
Cuatro años atrás, cuando la eclosión política de Donald Trump, la historia fue la misma. Hillary Clinton resultó entonces la preferida de la cúpula demócrata frente a un Sanders demasiado radical para el gusto del “establishment” azul, el mismo que acaba de otorgar su favoritismo al expresidente Joe Biden para encabezar la boleta partidista.
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No valió de mucho, en términos de la carrera hacia la candidatura, la trascendente aceptación con la que Sanders arrancó su campaña, la movilización de ciudadanos de todas las capas y edades que le siguieron en estos meses, y el hecho de haber iniciado en punta la cadena de elecciones primarias de cara a la Convención que debe conformar la lista azul.
El “gran pecado” del congresista por Vermont volvió a repetirse: un programa y unas proyecciones que no agradan una pizca a los círculos estadounidenses de poder, y no encajan en la tradicional fórmula de alternancia bipartidista en la Casa Blanca que apunta a cambiar la fachada, pero sin tocar los contenidos.
A tono con su autodefinición de socialista-democrático, el denostado aspirante proclamaba como parte de su plan de posible gobierno la gratuidad de la enseñanza universitaria norteamericana, que hoy cuesta una media de casi once mil dólares anuales a cada estudiante, a la vez que condonar los débitos pendientes de los ya graduados.
También se inclinaba por un servicio público de salud sin costo para los pacientes; eliminar las actuales deudas médicas; enfrentar la “extrema riqueza” de los sectores minoritarios del país; congelar las deportaciones de inmigrantes y apostar por una plantilla energética nacional libre de contaminación ambiental.
Sin dudas, toda una lista inaceptable para los grandes intereses monopolistas locales, a la vez que una suerte de “sentencia de muerte” para las aspiraciones de Sanders.
Con todo, el político de puntos de vista progresistas inició las elecciones primarias con importantes victorias que le colocaron por unos días a la cabeza de la nominación hasta el titulado “supermartes” de semanas atrás, cuando el “manotazo en la mesa” de la alta dirigencia demócrata marcó el rumbo definitivo y deseado con el relanzamiento de un Joe Biden que parecía en las últimas.
Los grupos pretendidamente “moderados” también hicieron que la larga lista de aspirantes partidistas se redujera drásticamente desde entonces, y que muchos de los “arrepentidos” manifestaran públicamente su apoyo a Biden en el instante de presentar su renuncia.
De manera que la suerte está echada, y los electores estadounidenses deberán decidir este noviembre —si todo sale bien o al menos medianamente bien— por los dos candidatos que los verdaderos centros de poder aprobaron de antemano.
Lo demás, desde las figuras políticas prometedoras hasta sus buenas y atractivas intenciones de cambio, será por ahora, y como es habitual en la primera potencia capitalista, tema relegado o meta pospuesta sin límite, cuando no, anécdotas o simples recuerdos grupales o personales.
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