//

sábado, 10 de octubre de 2026

Mal cuerpo

¿Y si hay niños que no van a la escuela? ¿Y si nos encogemos de hombros, y pensamos “allá sus padres”?...

Yeilén Delgado Calvo
en Exclusivo 10/10/2026
0 comentarios
La escuela representa, para niñas y niños, estabilidad emocional, repetición de rutinas, socialización con sus pares, recreación. Foto: José Manuel Correa / Granma
La escuela representa, para niñas y niños, estabilidad emocional, repetición de rutinas, socialización con sus pares, recreación. Foto: José Manuel Correa / Granma

“Mal cuerpo”. Me parecía una metáfora un poco absurda para referirse a un malestar emocional indefinido; porque la frase me pone a pensar en algo material y contrahecho.

Pero debo reconocer que eso fue lo que me vino a la cabeza la primera vez que lo vi fuera de la escuela, ya un poco avanzada la mañana.

Sí, mal cuerpo, eso sentía yo, una incomodidad que no me dejaba estar bien conmigo misma, mientras viajaba hacia el trabajo, y pensaba que mis hijos a esa hora estaban en sus aulas, y él –casi de su misma edad– andaría haciendo recados para su familia.

No ha sido esa la única vez. Sé que no está enfermo, porque se la pasa por el barrio como si nada. Y también he visto como su mamá lo manda para adentro de la casa cuando es muy temprano y pasan por la calle los otros niños, las otras madres, las maestras.

Cuando pienso en eso me vuelve el mal cuerpo, porque me siento impotente. ¿Qué justificación darán en la escuela para esas ausencias continuas? ¿Lo volverán a mandar? ¿Alguien se dará cuenta de que hay un niño al que le están negando la posibilidad vital de aprender?

Pienso cómo acercarme, ante la ausencia de un canal de comunicación, y cómo ayudar, ¿será cuestión de uniforme, de zapatos, de merienda?

Para muchas familias es tan difícil, pero recuerdo las palabras de la directora el primer día de clases: con un shorcito oscuro y un pulóver se arma un uniforme, y también su “hay almuerzo garantizado”; no el mejor de los almuerzos, pero sí un plato de comida que para algún niño puede hacer toda la diferencia.

Asumir el esfuerzo de lavar, planchar, preparar merenderos, hacer tareas mientras hay luz natural, comprar materiales, etc. (un esfuerzo considerable para la mayoría de las familias, y hasta prohibitivo) tiene una recompensa grande.

No es solo el aprendizaje, que es vital de por sí, porque garantiza habilidades y oportunidades futuras, sino también todo lo otro que representa la escuela para niñas y niños: estabilidad emocional, repetición de rutinas, socialización con sus pares, recreación.

En la escuela dejan atrás los agobios domésticos de los adultos para enfrentarse a los problemas de su edad: “fulanita ya no quiere ser mi amiga”, “¿y si se me olvida el poema?”, “siempre me equivoco en ese juego”, “no me sé abrochar los cordones” ...

El aula no es un entorno perfecto, menos en una sociedad inmersa en una crisis terrible; hay diferencias de poder adquisitivo entre los alumnos, faltan recursos materiales y humanos, pero también hay muchos maestros haciendo un esfuerzo conmovedor con lo que tienen.

El niño que no va a clase por carencias queda en casa enfrentado a esas mismas dificultades, y además expuesto, muchas veces, a actividades perjudiciales para su desarrollo.

No hay convicción política que justifique arrebatarle a un niño el privilegio de aprender. Estimular el ausentismo escolar es una campaña cruel, porque lastima justo a los más indefensos, que no tienen aún la capacidad de tomar una decisión tan trascendental por sí mismos.

Muy peligroso sería que normalizáramos el que una madre o un padre sea quien decida si su hijo va o no a clase. Hay una enseñanza obligatoria que respalda un derecho hermoso para nuestras infancias.

Maestras, auxiliares, trabajadores sociales, autoridades, vecinos, debemos estar alertas, para exigir y tender la mano. Y, sobre todo, si le es imposible a la institución garantizar determinados medios, y una familia no puede conseguirlos, que eso no se convierta en impedimento para el estudio o en tristeza para el niño.

En uno de los grupos de WhatsApp de las aulas de mis hijos, una mamá dijo que ella no podía más, que no tenía un peso ni ganas de vivir. En unos minutos apareció quien le regaló unas camisas, la madre que se brindó a asumir el costo de los cuadernos que debían comprarse, la que le dio el consejo para salir adelante; y quienes la escucharon, que era, según dijo ella misma, lo que más necesitaba.

Ojalá siempre nos ponga “malo el cuerpo” ver a un niño que no va la escuela, porque significará que no nos ha ganado la indiferencia, esa gran cómplice de la injusticia. Y ojalá siempre podamos hacer por esa familia que cree que no puede hacer más que renunciar al aula. Que sobre la sensibilidad, por todas partes.

 


Compartir

Yeilén Delgado Calvo

Periodista, escritora, lectora. Madre de Amalia y Abel, convencida de que la crianza es un camino hermoso y áspero, todo a la vez.


Deja tu comentario

Condición de protección de datos