La proclamación de Bobby Carcassés como merecedor del Premio Nacional de la Música 2012 hizo justicia a una vocación profundamente comprometida con el desarrollo de una de las expresiones que, con mayor arraigo y vuelo, han definido la universalidad de los sonidos de la Isla.
Bobby es el jazz, todo el jazz. Pero no a secas. Es el jazz afrocubano, o para decirlo sin redundancias, el jazz cubano. Ese que desde la asimilación e identificación con las músicas afronorteamericanas se empinó con aire particular para establecer un territorio en la periferia del mainstream hasta emerger con credenciales reconocibles.
Desde el principio, ello estuvo claro para Bobby. Pudo ser cantante lírico, protagonista de zarzuelas; estuvo cerca de convertirse, en el centro de la Isla, en una de las figuras del movimiento filinero muy pujante por entonces en esa zona; se empleó a fondo en el dominio de la trompeta y el piano como para aspirar a ser llamado como puntal de las agrupaciones más reconocidas en los tempranos 60, pero lo suyo era el espectáculo, el teatro musical, la fusión de gestos y sonidos, y por ese camino, con el terreno abonado por ciertos rumbos del acontecer musical de su tierra hacia la medianía del siglo pasado, tenía que encontrarse inevitable e inexcusablemente con el jazz cubano.
Decisivo fue su paso por el Teatro Musical de La Habana. Allí aprendió y compartió los recursos escénicos con Pierre Chassaux y Alfonso Arau, los secretos de la danza con Alberto Alonso y Luis Trápaga y creció musicalmente con el maestro Leo Brouwer,Tony Taño, el joven Chucho Valdés y tantos otros creadores e instrumentistas de enorme valía.
A partir de entonces, definió su personalidad artística, la de un hombre espectáculo que al contar en el jazz lo hizo también bajo esa concepción. Cantante, multiinstrumentista, compositor, arreglista, líder de agrupaciones, promotor: todo eljazz.
Para él nada más natural que anudar la rumba y el blues, el son y el swing, la guaracha y el bebop. No se trata de una simple sumatoria ni de un acto de ecléctico voluntarismo, sino de una profunda comprensión de los vasos comunicantes entre la cultura musical de las comunidades afronorteamericanas y la cultura popular cubana, de los principios de libertad e improvisación que las sustentan, de la creatividad como denominador común.
En el scat, improvisación vocal, ha desarrollado una técnica y una inspiración extraordinarias. Es hora de que se sepa que antecedió al más recobrado de los scatistas, el norteamericano Bobby McFerrin.
Ya en el orden particular, otro mérito no puede soslayarse en la impronta que ha dejado Bobby en nuestro tiempo cubano: el magisterio. En la hoja de vida de la mayoría de los jazzistas cubanos de generaciones sucesivas, hasta llegar a los más jóvenes, aparece inevitablemente el nombre de Bobby. Todos, casi sin excepción, alguna vez han compartido faenas con él y han encontrado en el maestro estímulo y respuestas para salir adelante.
Así es Bobby. Infatigable y persuasivo, espiritual y raigal. De no existir habría que inventarlo.
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