Una comedia dramática de noventa minutos sobre masculinidad, duelo y segundas oportunidades. Un hombre de verdad (2026) es la ópera prima de largometraje del director español Liteo Pedregal, con guión de Roberto Alfaro. La película plantea, con humor y sensibilidad, la transformación de Guillermo, un neurocirujano mayor, que tras enviudar debe confrontar los prejuicios machistas que han ordenado toda su vida.
Guillermo interpretado por (Carlos Olalla) ha vivido siempre bajo una masculinidad tradicional: acostumbrado a que su esposa, María (Imma Sancho), se ocupe del hogar y de él mismo. Su muerte repentina lo deja solo y lo obliga a aprender tareas cotidianas, escuchar, relacionarse y revisar sus errores.
El filme convierte el duelo en un motor de cambio. Cuatro mujeres, su hija Nuria, su vecina Ángela, su amante Bárbara y la asistenta cubana Magalí funcionan como espejos y contrapesos del protagonista, ayudándolo a avanzar, no sin conflictos hacia una idea más igualitaria de lo que significa “ser un hombre”.
Aunque el título parece señalar al protagonista, las mujeres son quienes dan vida y sentido al filme; no existen solo para “salvar” a Guillermo: cada una lo confronta desde una posición distinta, y en ese choque la cinta encuentra su mejor tensión dramática.
La película fue rodada entre Tenerife y Madrid. En la isla canaria se grabó en Santa Cruz de Tenerife el Palmetum, la Plaza de la Iglesia de la Candelaria y la calle La Noria, además de Puerto de la Cruz y El Sobradillo.
Sus creadores describen la producción como una “declaración de amor” a los paisajes urbanos y naturales de Tenerife. Posteriormente, el rodaje se trasladó a Madrid, donde se completaron las escenas restantes.
El reparto también incluye a Aroa Núñez, Nieves Bravo, César Martel, Pablo R. Montenegro y Saulo Trujillo, entre otros intérpretes.
Laura de la Uz interpreta a Magalí, una asistenta cubana que irrumpe en la rutina de Guillermo y participa en su proceso de reconstrucción personal. Su presencia aporta una dimensión migratoria y humana muy pertinente a la historia; además de un puente entre el cine español contemporáneo y la presencia de la actuación cubana en producciones internacionales.
El filme destaca por convertir una reflexión social, la deconstrucción del machismo en una historia íntima, con personajes femeninos que no son meros apoyos del protagonista, sino agentes activos de su cambio
Un hombre de verdad es una película necesaria, pero no revolucionaria: una comedia dramática que habla de machismo, duelo y envejecimiento con una ternura que desarma al espectador. Su mayor virtud está en no convertir a Guillermo en un monstruo, sino en un hombre común, educado en una época en la que ciertas desigualdades se presentaban como naturaleza.
Lo que más me convence es la decisión de Liteo Pedregal de mirar al patriarcado desde dentro, sin sermonear. Guillermo no es un villano: es un neurocirujano brillante que ha vivido toda su vida siendo atendido, admirado y servido, y que descubre, tarde y con torpeza, que esa comodidad tenía un precio humano.
Carlos Olalla sostiene la película con una interpretación de gran contención. Su Guillermo es arrogante, vulnerable, ridículo y conmovedor por turnos; precisamente esa mezcla evita que el personaje se vuelva una caricatura del hombre machista. La película entiende que cambiar no es una revelación instantánea, sino un proceso lleno de retrocesos, vergüenza y pequeños gestos.
La cinta deja una impresión cálida y honesta. No pretende derribar el patriarcado en ochenta minutos, sino mostrar que la deconstrucción personal es posible, incluso en la vejez, y que las segundas oportunidades también implican escuchar, cuidar y corregir.
Un hombre de verdad es una ópera prima amable, inteligente y humana, con un reparto excelente y un tema de plena actualidad. Le falta profundidad y audacia para convertirse en una gran película, pero acierta como una reflexión accesible sobre la masculinidad, el duelo y la posibilidad de cambiar cuando ya casi nadie espera que lo hagamos.

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