domingo, 27 de noviembre de 2022

Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto

Primero Miriam, luego Miriam y Sonia y ahora Sonia y Dayrene han dejado una estela de cariño en la Facultad de Comunicación y más de una tesis de grado, de las que por estos días de noviembre se discuten, llevan el nombre de Miriam en los agradecimientos...

Mario Ernesto Almeida Bacallao
en Exclusivo 20/11/2022
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Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto
Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto (Pedro Pablo Chaviano Hernández / Cubahora)

Miriam nació en Marianao en 1939. A su padre, cuenta ella, lo engendraron en África. Nació aquí, insiste, pero lo hicieron allá. Aquí era de los Morejón, el apellido del amo. Dice Miriam que hay Morejones negros y Morejones blancos, pero que todos son, de alguna forma, “parientes”, más aún los de Sabanilla, en Matanzas. Miriam tiene que ir a Sabanilla antes de morirse, le han advertido, porque allá todavía hay cosas, sabrá quién qué tipo de cosas, de su padre esperando por ella.

Militar y profesor de inglés, hijo de ñáñigo, murió en los años cuarenta y Miriam, que no llegaba a la década, recuerda que el velorio fue en la casa y en la casa también los honores militares.

La mamá de Miriam, al quedar viuda, regresó a La Habana Vieja, a la casa de los blancos que se habían hecho cargo de ella cuando la anterior desgracia, que fue la muerte de su madre. Dice Miriam que eran gente con dinero, gente de Trinidad, pero que nunca la trataron como criada. También eran revolucionarios y no habían tenido hijos. La mamá de Miriam no sabía escribir, aunque leía y llevaba con celo la contabilidad de la familia.

Dice Miriam que los muchachos de antes no eran como los de ahora. Que a los quince años ella no sabía nada de la vida, que a los quince años todavía era muy nueva.

Sus ojos narran lo que vivió en aquel tiempo: Miriam llena de inocencia viendo cómo preparaban su casa para la huelga del 9 de abril, Miriam llena de inocencia viendo cómo se desmontaba todo por el chivatazo, Miriam llena de inocencia cómo viendo en plena calle un torturador le atravesaba con un alambre los tímpanos a un joven, Miriam llena de inocencia recibiendo el recado de que el torturador buscaba a su mamá, Miriam diciéndole a su madre lo que le habían dicho, que tenía que irse.

A los muchachos de antes, insiste, no se les decía nada ni se les daba tantas explicaciones. Su madre la dejó a ella y a su hermana menor en una escuela de monjas y se fue… y durante meses nada supo Miriam de su Madre, hasta el diecitanto de enero de 1959, que regresó del Escambray y fue a buscarlas.

Después: Miriam, la maestra voluntaria, enseñando a los que irían a alfabetizar y alfabetizando también ella, por allá por Guantánamo, donde el polvillo del camino nuevo le llenó los ojos de conjuntivitis crónica; Miriam trepando tres veces hasta la punta del Turquino.

Miriam trabajó en el Ministerio del Interior desde antes de que se llamara así. Aprendió desde dactiloscopia, en el área de criminalística, hasta defensa personal.

Cuenta que una vez salió con su hermana a los carnavales y en la misma entrada del paseo del Prado un hombre, un negro grande y fuerte, dice, le tocó las nalgas a su hermana con una maraca.

“Imagínate que yo llevaba nueve meses estudiando defensa personal. Le fui para arriba y lo dejé en el suelo. Llegó la patrulla y me identifiqué. Yo creo que le di un golpe porque mientras se lo llevaban vi que se tocaba mucho esta parte de aquí de arriba del ceño”.

Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto
Los ojos de Miriam (Pedro Pablo Chaviano Hernández / Cubahora)

En 1966 nace Sonia, su hija. Cuenta Sonia que nació en aquella misma casa de La Habana Vieja. Su cuna, dice, fue una gaveta. Por esos días Celia Sánchez les dio este apartamento de Lombillo entre Independencia y Ermita, donde Miriam, insiste, esperará la muerte. Hace unos meses, con las lluvias torrenciales, el agua subió hasta una cuarta del piso y Miriam vio flotando su diploma de maestra voluntaria con la firma de Fidel. Lo puso a secar y no le pasó nada. Todavía lo tiene.

Sonia creció corriendo por estos pasillos y se conoce cada piedra suya. La infancia de Sonia fue maravillosa, «una infancia de princesa», reconoce. Primera hija, primera sobrina, primera nieta…

Sonia fue de las niñas de la nueva escuela. Hizo su pre becada en Melena del Sur. “Siempre fui muy buena estudiante”, se recuerda. Después del pre empezó en la universidad pedagógica Enrique José Varona, en la carrera de Español, Literatura e Historia del Arte, pero las cosas a veces se complican.

En el año 87 Sonia tuvo que dejar la carrera. “En ese tiempo, yo era novia de un muchacho que fue para Angola y estuvo en Cuito Cuanavale. Él era cadete y lo mandaron para allá, estudiaba para piloto de aviación. Aquello fue muy duro para mí y por problemas sentimentales me enfermé y tuve que dejar los estudios”.

Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto
Los ojos de Sonia (Pedro Pablo Chaviano Hernández / Cubahora)

A los 19 años empezó a trabajar en una unidad militar de La Lisa. Allí asegura haberse formado también. Disciplina y pasión son las palabras que recalca, “por eso soy así”. Trabajando en el lugar se hizo técnico medio en Comercio y Gastronomía. “Me hice cantinera, chef de cocina y hasta electricista, aunque no sé nada de electricidad”.

Tiempo después, sin salir de su trabajo, Sonia comenzó a bailar en la carroza de la FEU y todos los años que le siguieron hasta 2018, cuando se operó y no pudo continuar, estuvo bailando trepada allá arriba durante los días de carnaval.

“A ver, toda mi vida yo he trabajado. Tuve a mi niña en el año 2000 y fui ama de casa porque el padre de mis hijos no quería que yo trabajara en la calle”. Pero en 2007 Sonia vuelve al trabajo remunerado, esta vez en el Ministerio de la Agricultura, donde también laboraba Miriam, su mamá, luego de haberse licenciado del MININT como primer teniente.

Sonia también fue profesora de dibujo técnico de la escuela Osvaldo Herrera durante aproximadamente cinco años y luego pasó a la Revista Bohemia, donde fungió como auxiliar de servicio y luego como recepcionista.

Desde 2019, Sonia trabaja en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana como bedel. Dayrene, su hija de 22 años, también se dedica a lo mismo.

Sonia quiere iniciar el año próximo la carrera de Comunicación Social a distancia y quiere que su hija también aproveche y estudie en la Universidad, para que se supere. Antes de Sonia y Dayrene, Miriam también fue bedel de la Facultad, hasta que empezó la pandemia y el mundo se viró al revés.

Miriam y Sonia: gente del trabajo y del afecto
La Familia... (Pedro Pablo Chaviano Hernández / Cubahora)

Primero Miriam, luego Miriam y Sonia y ahora Sonia y Dayrene han dejado una estela de cariño en la Facultad de Comunicación. Más de una tesis de grado de las que por estos días de noviembre se discuten llevan el nombre de Miriam en los agradecimientos y uno en los agradecimientos de su tesis, cuando los hace, no coloca a cualquiera.

Ellas tres, cada una en su medida, trabajan en el rango del afecto, en tiempos en que el afecto alcanza precios inflacionarios, ante la creciente demanda y la carente oferta. Son tantos y tantas los estudiantes y profesores tocados por ese cariño que, si un día alguien intentase señalarlas con el dedo, probablemente tenga que vérselas con los cientos y cientos de una de las facultades más grandes de toda la Universidad.

 


Mario Ernesto Almeida Bacallao

Periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana


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