Las fachadas de la ciudad revelan un nuevo código visual nacido de la necesidad y la imaginación: carteles improvisados y señales cotidianas que anuncian la venta de algo. Marcado por un bloqueo histórico que asfixia y obliga a una economía de guerra, el país se reinventa en un escenario donde la única meta real es sobrevivir.
El muchacho de la bicicleta recorre la ciudad. Avanza despacio por calles que conoce de memoria, aunque en los últimos años algo en ellas ha cambiado. Las fachadas comenzaron a hablar otro lenguaje: el de los carteles escritos a mano, los anuncios pegados en puertas y las señales improvisadas que revelan una nueva realidad en los barrios. Todos venden.
Un cartón escrito con marcador anuncia carbón. Un papel sujeto a una reja ofrece café. Una letra apresurada sobre una pared informa que allí se venden detergentes, muebles viejos o algún dulce casero. Pero no solo las palabras comenzaron a ocupar las fachadas. También los objetos encontraron una nueva manera de expresarse. Una cajetilla de cigarros vacía colgada en una puerta puede convertirse en un anuncio silencioso. Un estuche de detergente colocado sobre una pared indica que allí puede encontrarse ese producto. Una lata de cerveza transformada en señal cumple una función semejante. Son parte de un nuevo código visual creado por la propia población, una forma de comunicación nacida de la necesidad, pero también de la imaginación.
Cada una de esas pequeñas señales cuenta una historia. Son huellas de una transformación cotidiana en la que muchas familias han convertido sus viviendas en espacios de intercambio, una alternativa para generar ingresos frente a las dificultades de estos tiempos.
Las huellas
Elena fue maestra durante más de treinta años. Imaginó su vida después del aula como un descanso merecido tras décadas de trabajo. “Nunca pensé vender cigarros sueltos”, me dice, mientras me relata, con cifras, cómo ve desaparecer su pensión en aceite y arroz. “Esto me salva un poco”.
José Ernesto es médico, intensivista. En los horarios nocturnos hace pizzas en un horno que él mismo hizo. “Es otra manera de buscar ingresos. Ponemos frente a la casa un cartelito y los vecinos, cuando lo ven, enseguida vienen a comprar. No me avergüenza. Yo salvo vidas, pero el salario no da para vestir y alimentar a los niños, hay que buscar soluciones y salir a flote”.
Verónica estudia segundo año de Ciencias de la Información. También hace raspaduras y dulces caseros que luego comercializa desde la vivienda. “Mi papá muele la caña y pone el caldero con el guarapo a hervir. Como hacer la raspadura lleva bastante tiempo, para cuando llego de la escuela, el trabajo ya está adelantado. Entre mi abuela y yo preparamos la parte final y hacemos la raspadura y los dulces. Con ese dinero puedo viajar, porque el transporte se ha encarecido mucho”.
Tres historias diferentes. Tres generaciones que muestran una misma realidad: la búsqueda diaria de alternativas para enfrentar la crisis.
Los caminos
Para comprender este fenómeno hay que mirar la evolución económica de Cuba durante las últimas décadas. Después de 1959, el modelo económico de la isla se organizó fundamentalmente sobre la propiedad estatal y la planificación centralizada de las principales actividades productivas y comerciales.
Aunque existieron formas de trabajo privado, estas tuvieron durante años un alcance limitado. El escenario comenzó a modificarse con la crisis de los años noventa, conocida como Período Especial. Las dificultades de aquella etapa obligaron a buscar nuevas alternativas y abrieron espacios para determinadas actividades no estatales, especialmente vinculadas a servicios y pequeños negocios. Con el paso del tiempo, el trabajo por cuenta propia ganó presencia en la sociedad cubana. Surgieron cafeterías, servicios de transporte, alojamientos, talleres, actividades gastronómicas y otras iniciativas familiares.
Ventas de garaje
Dentro de esta nueva dinámica también aparecieron las ventas de garaje, otra expresión de una economía cotidiana que nació desde los propios hogares. En ellas, objetos que durante años permanecieron guardados vuelven a encontrar utilidad: muebles, equipos, ropa, libros, herramientas y otros artículos que sus dueños ya no necesitan pueden pasar a otras manos.
Institucionalizadas formalmente mediante la Resolución 102 de 2021 del Ministerio del Comercio Interior (MINCIN), estas ventas fueron concebidas jurídicamente bajo el concepto de "comercialización minorista eventual". La legislación buscó dar un marco legal a lo que ya era una práctica común, eximiendo a los ciudadanos de la obligación de poseer una licencia comercial o de trabajador por cuenta propia, siempre que se ofertaran artículos de uso doméstico y personal, ya fueran usados, seminuevos o nuevos. Su propósito original es facilitar el intercambio ocasional entre ciudadanos y dar utilidad a bienes acumulados en los hogares, estableciendo límites claros para diferenciarlas de una actividad comercial establecida, como la prohibición de vender alimentos, maderas preciosas o lotes de artículos nuevos importados.
Sin embargo, el diseño de la norma dejó en manos de los Consejos de la Administración Municipal la facultad de definir los días y horarios para estas actividades, los cuales quedaron reservados casi exclusivamente para los fines de semana. Es ahí donde la norma choca con las urgencias del día a día.
Aunque el espíritu de la ley busca mantener un orden temporal, la realidad económica cubana no descansa de lunes a viernes. Hoy, portales y garajes permanecen abiertos a mitad de semana, desafiando la "eventualidad" que pide el decreto; porque la necesidad de estirar el salario o de encontrar un artículo que no existe en la red estatal no entiende de calendarios oficiales. Las perchas y las mesas improvisadas en las aceras se han vuelto parte del paisaje diario, indicando que la necesidad de ingresos y de abastecimiento tiene un ritmo mucho más acelerado que el de las regulaciones.
Es así como, más allá de las modalidades estrictamente organizadas, existen también pequeñas ventas familiares que surgen de manera espontánea: una persona que ofrece un producto elaborado en casa, alguien que vende un artículo que ya no usa, o una familia que intenta completar sus ingresos mediante una actividad ocasional que poco a poco se vuelve frecuente.
No siempre detrás de estas prácticas existe la intención de crear un negocio corporativo. Muchas veces son respuestas concretas a necesidades concretas en una economía de resistencia. El desafío para las autoridades no está en prohibir, sino en encontrar formas de ordenar esas iniciativas, acompañar a quienes participan en ellas y aprovechar una capacidad creadora y de subsistencia que ya está instalada en el tejido de la sociedad.
Giro estructural
Más recientemente, en junio de 2026, el país ha impulsado nuevas formas de organización económica con el propósito de aumentar la producción, reducir obstáculos y aprovechar capacidades existentes. Fueron aprobadas posteriormente como un paquete de 176 medidas estructurales agrupadas en 23 áreas de trabajo, refrendadas políticamente por el Comité Central del Partido Comunista y presentadas ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Estas reformas han sido calificadas por las propias autoridades y analistas como el giro estructural más profundo de la isla en décadas, estableciendo un tránsito histórico desde una planificación basada en la distribución física centralizada de recursos hacia un modelo de planificación financiera regulado por señales del mercado.
Entre las especificaciones más radicales de este paquete normativo, y que impactan directamente a los actores económicos, se incluye la descentralización inédita del aparato estatal mediante la creación del Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales y el Instituto Nacional de Actores Económicos No Estatales. A partir de este marco, las empresas estatales reciben la autonomía absoluta para fijar sus propios precios y desvincularse de las escalas salariales nacionales. Ahora, cada entidad pública puede determinar de manera independiente sus sueldos y el destino de sus utilidades en función de su eficiencia real.
Por otra parte, en el sector privado se dictó la eliminación del tope legal de 100 trabajadores para las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas (Mipymes), la autorización a los ciudadanos para constituir más de una compañía y la simplificación de trámites que suprime el requisito de aprobación previa del Ministerio de Economía y Planificación para fundar un negocio. En el plano financiero, la reforma abre la puerta a la devaluación progresiva y regulada de la moneda nacional (bajo la medida número 100), la inserción de las empresas públicas en el mercado cambiario y la inédita flexibilización para la apertura de banca y créditos privados.
Para el trabajador que percibe sus ingresos en pesos cubanos, este nuevo escenario rompe con la vieja lógica de los aumentos salariales masivos por decreto centralizado. Bajo el modelo de 2026, el respaldo económico del empleado deja de estar sujeto a un presupuesto centralizado, sino que depende de la rentabilidad del lugar exacto donde trabaja. Esto introduce una marcada diferenciación en el escenario laboral: los colectivos integrados en empresas estatales competitivas, exportadoras o en el dinámico sector de las Mipymes experimentarán una mejora progresiva de sus ingresos de forma autónoma. En contraste, quienes laboran en entidades públicas sujetas a planes de reajuste financiero verán un ritmo de recuperación mucho más pausado, condicionado a la reorganización o reconversión de sus centros de trabajo.
Al eliminarse también los subsidios universales a los productos para concentrarlos solo en personas vulnerables (Medida 60), el acceso al consumo básico obligará al trabajador promedio a depender de su productividad o a recurrir al pluriempleo legalizado para competir en un mercado regido por el nuevo valor financiero de la moneda.
Como sucedió en los años más duros del Período Especial en la década de 1990, estas transformaciones de 2026 no nacen de una bonanza planificada, sino que responden a un escenario de estricta urgencia nacional frente al impacto asfixiante de la política exterior estadounidense. El endurecimiento de las medidas de bloqueo, sumado a las severas restricciones energéticas y de combustible impuestas por la administración norteamericana, ha sumido al país en una nebulosa de desabastecimiento y limitaciones.
Permitir que particulares y capital extranjero adquieran participaciones accionariales en empresas que antes operaban bajo la gestión exclusiva del Estado emerge una vez más como una estrategia de resistencia y subsistencia; una respuesta económica obligada por la geopolítica para intentar producir, agilizar procesos y destrabar definitivamente las fuerzas productivas internas de la isla.
La economía que se ha podido
Al evaluar la trayectoria del país, se hace evidente una realidad insoslayable: el modelo económico actual no es el reflejo exacto de un diseño ideal o de los planes originales trazados al triunfo de la Revolución en 1959, sino el resultado de las alternativas que ha sido posible articular bajo condiciones extremas. De los 67 años de gestión gubernamental transcurridos desde entonces, más de seis décadas —específicamente 64 años desde la formalización del bloqueo estadounidense en febrero de 1962 mediante la Orden Ejecutiva 3447— se han desarrollado bajo un estado de asedio financiero y comercial permanente.
Esta prolongada coyuntura ha obligado al país a configurar, de manera insistente, una economía de resistencia o de guerra, donde las prioridades macroeconómicas han tenido que subordinarse constantemente a las urgencias de la subsistencia diaria y a la solución de contingencias sobre la marcha; la dura realidad de una tripulación a la que se le hizo imposible disfrutar el viaje porque tuvo que concentrarse en sacar el agua que inundaba la embarcación tras cada disparo del enemigo.
Las aspiraciones iniciales de un desarrollo armónico, estable y con un alto grado de previsión centralizada chocaron tempranamente con la necesidad de sortear la persecución financiera, las restricciones de suministros esenciales y las limitaciones cambiarias. En consecuencia, las transformaciones y flexibilizaciones que hoy vive la isla no representan un abandono voluntario de los proyectos históricos, sino una respuesta pragmática y obligada ante un entorno hostil, demostrando que la dinámica económica nacional ha estado determinada por lo que las circunstancias geopolíticas han permitido construir paso a paso. A nadie se le puede ocurrir la idea de que hicimos una revolución para que nuestros médicos vendieran pizza.
Mapa de urgencias
En medio del desvelo por equilibrar los ingresos y asegurar el sustento diario, el verdadero desafío de la isla se traslada a una dimensión invisible pero vital: la necesidad de fortalecer el orgullo por nuestro patrimonio cultural y la salvaguardia del tesoro inmaterial cubano. Esa riqueza hecha de solidaridad vecinal, de resistencia creativa y de una identidad que se ha forjado a contracorriente, constituye el núcleo que mantiene unido al tejido social cuando las estructuras materiales se tensan al límite.
La urgencia económica no puede traducirse en una pausa para el espíritu ni en una rendición ante las corrientes externas. En un escenario donde el mercado y la productividad financiera ganan terreno, se vuelve imprescindible establecer límites claros para que el pragmatismo de la supervivencia no permita que nos consuma la maquinaria de colonización cultural diseñada por Washington y sus mecanismos de inteligencia. Esos laboratorios políticos operan de manera constante para aplastar nuestra identidad, utilizando como anzuelo las promesas de una libertad abstracta y una abundancia material; espejismos de bienestar que territorios como Puerto Rico o Hawái no han logrado materializar de forma soberana en todos sus años bajo el estatus colonial.
Para entender la dimensión de este proyecto humano, es preciso romper con los marcos de referencia impuestos por las narrativas hegemónicas. Cuba no debería compararse con los estándares de consumo de los países del primer mundo —un bloque de naciones industrializadas enriquecidas por siglos de explotación colonial y del cual la isla jamás ha formado parte—, sino con las realidades y desafíos estructurales del Sur global, del resto de una América Latina saqueada e históricamente desigual.
Es desde ese espejo periférico donde el asombro científico adquiere su verdadero valor. A pesar de la asfixia económica y la carencia crónica de insumos elementales, este archipiélago ha demostrado ser un pilar internacional en la investigación biotecnológica y médica. Durante la crisis sanitaria global de la COVID-19, mientras un puñado de naciones hiperdesarrolladas acaparaba las patentes y la producción global con apenas unas pocas fórmulas comerciales, Cuba se convirtió en el único país de la región capaz de desarrollar y producir con éxito cinco candidatos vacunales (tres de ellos —Soberana 02, Soberana Plus y Abdala— convertidos en vacunas oficiales de alta eficacia), logrando inmunizar de forma soberana a toda su población, incluidos los niños.
Este hito no fue una casualidad del momento, sino el fruto de una infraestructura científica consolidada que exhibe logros únicos en el planeta. Es el caso de CIMAvax-EGF, la primera vacuna terapéutica registrada en el mundo contra el cáncer de pulmón avanzado, desarrollada por el Centro de Inmunología Molecular para detener el crecimiento tumoral y transformar una enfermedad terminal en un padecimiento crónico controlable. A esto se suman tratamientos revolucionarios como el Heberprot-P, un medicamento único del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología diseñado para la terapia de la úlcera del pie diabético que reduce drásticamente los índices de amputación, o los avances pioneros en neurociencias mediante el desarrollo de fármacos neuroprotectores como la NeuroEPO, dirigida a frenar la progresión de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Ese mismo rigor científico se extiende a otras disciplinas esenciales, como la meteorología y las ciencias de la tierra, donde el Instituto de Meteorología de Cuba sostiene un sistema de alerta temprana ante ciclones tropicales que es referente metodológico para toda la cuenca del Caribe y el Golfo de México, salvando miles de vidas gracias a modelos predictivos propios elaborados con escasos recursos informáticos. Frente a este panorama de tenacidad e ingenio, la interrogante de fondo resulta inevitable: si bajo el peso de un cerco financiero implacable se han logrado levantar semejantes monumentos a la inteligencia, ¿cuánto más seríamos capaces de hacer e innovar si se eliminaran definitivamente esos límites que intentan frenar el desarrollo de la isla?
Por ello, se vuelve imprescindible que el patrimonio vivo —la dignidad del trabajo, la memoria histórica y el orgullo de la soberanía común— no solo resista como un refugio estático, sino que prevalezca y encuentre nuevas formas de fructificar. Ninguna transformación económica será verdaderamente exitosa si en el trayecto se desibuja la esencia de la nación. Fructificar en estas condiciones significa garantizar que, mientras se destraban las fuerzas productivas internas, la riqueza espiritual y la soberanía cultural sigan siendo los bienes más custodiados, asegurando que los códigos éticos que nos definen como pueblo sean los que dicten el rumbo de la Cuba del presente.
Los galos del Caribe
En las célebres páginas de Goscinny y Uderzo, una pequeña aldea rodeada por los imponentes campamentos romanos desafía sin descanso al mismísimo César. Los galos Astérix y Obélix no poseen oro, legiones ni vastas extensiones de tierra; su única riqueza es ese pedazo de suelo que pisan y el secreto de una poción mágica que les otorga una fuerza sobrenatural para resistir al imperio. En el mapa geopolítico del siglo XX y lo que va del XXI, Cuba ha sido esa pequeña Galia caribeña. Su "poción mágica" no hierve en la marmita de un druida, sino que se destila en la riqueza de su cultura, en una idiosincrasia indomable y en la defensa cerrada de un derecho fundamental: la soberanía para trazar la ruta de sus propios sueños.
El muchacho de la bicicleta frena despacio al terminar su recorrido y llega a tomar café en una casa de familia de esas que ahora tienen el portal abierto. Él también forma parte de este engranaje de resistencia cotidiana. En su propia casa, guarda con cuidado en un rincón una caja que usa una o dos veces al mes para vender panes, una alternativa necesaria para comprar algún recurso básico y asegurar parte de la alimentación o la adquisición de algún producto puntual. Es campesino, hijo de padres campesinos. Sin embargo, también es licenciado en Historia, tiene cuatro libros publicados y trabaja como reportero para un periódico local.
El muchacho de la bicicleta, Elena, José Ernesto y Verónica comparten un mismo origen y un mismo destino: nacieron en el campo, son hijos de familias campesinas y encontraron en el proyecto social cubano las oportunidades necesarias para estudiar, superarse y cumplir sus metas profesionales. Ellos comprenden perfectamente que, en un país del primer mundo, tal vez sus salarios bastarían y no lógicamente tendrían la necesidad de vender cigarros, pizzas, dulces o panes. Pero también saben, con la certeza que da mirar al entorno, que en el resto de los países del Sur global los hijos de los campesinos rara vez tienen las mismas oportunidades de pisar una universidad.
Mientras que en el resto de América Latina la realidad rural condena históricamente a la exclusión —donde en comunidades agrarias de naciones de la región apenas uno de cada miles de ciudadanos logra alcanzar un título en medicina, el acceso a la formación pedagógica es un privilegio costoso y el ejercicio del periodismo profesional está reservado para las élites urbanas—, la isla subvirtió esas estadísticas. En Cuba, la democratización del conocimiento permitió que el hijo de un campesino pudiera convertirse en el intensivista que salva vidas o en el intelectual que documenta la memoria de su pueblo.
Las perchas en las aceras y las cajetillas vacías colgadas en las puertas son las huellas de una economía de guerra que se hace sobre la marcha, pero no definen el valor real de quienes atienden esos negocios improvisados. Detrás de cada cartel escrito a mano hay una historia de superación que ningún bloqueo ha podido borrar. El muchacho de la bicicleta lo sabe bien porque escribe cada línea desde la experiencia propia, con el orgullo de su herencia y la dignidad de quien resiste sin entregar la esencia. Al final, este viaje por los portales de la ciudad no es ajeno ni distante: el muchacho de la bicicleta soy yo.

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