lunes, 15 de julio de 2024

La burbuja 

El hombre vive en la burbuja de su tiempo histórico; y la propia cultura de la comunidad, lo puede empujar a comportamientos prestablecidos por la religión, la filosofía, la política, o la moral...

Julio Cesar Sánchez Guerra en Exclusivo 10/07/2024
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Realismo capitalista
Todo conspira para que la enajenación se profundice y quedemos atrapados en nuestra burbuja individual

Se dice la palabra burbuja y se escucha un grito que se escapa del agua, y se hincha la piel de algún espacio; es que decimos burbuja y algo se encierra, movedizo y frágil, como esas pompas de jabón que los niños pinchan en los juegos infantiles.

Hay burbujas que vienen del fondo, rellenas de oxígeno, y desaparecen en la superficie perdiendo la forma; pero hay otras más difíciles de romper: son aquellas que construye la sociedad con sus vendas, muros, prejuicios, exclusiones o algoritmos.

Es burbuja, del falso conocimiento, la alegoría de la Caverna de Platón. Hombres que nacen encadenados con la vista sobre una pared, donde se proyectan las imágenes distorsionadas de la realidad, y terminan por confundir lo falso con lo verdadero.

Y cuando uno de los prisioneros se zafa y vuelve la vista atrás, ve que hay una salida, y un fuego, y descubre   una luz enorme que es el sol, y que la realidad no es tal como pensaban los prisioneros de la Caverna. Al regresar y contar lo visto, pueden tomarlo por loco y matarle. He ahí uno de los grandes dilemas humanos: todo hombre que intenta romper una burbuja, es una amenaza y puede ser castigado con la muerte o el ostracismo.

El hombre vive en la burbuja de su tiempo histórico; y la propia cultura de la comunidad, lo puede empujar a comportamientos prestablecidos por la religión, la filosofía, la política, o la moral. Intentar romper la burbuja puede significar convertirse en marginal o marginado.

Gran músico fue Beethoven, pero no era príncipe, y a pesar de tantas sinfonías no podía entrar en la burbuja de los ricos, porque hay clases sociales excluyentes, y sangre real, y la dolorosa burbuja del color de la piel. Es ahí donde la burbuja blanca acorrala a la negra, y la condena en aquella esclavitud que alimenta a la burbuja de las potencias coloniales.

Hay burbujas del pensamiento que alimenta verdades absolutas, dogmas que no comprenden que nada permanece porque todo fluye.  Por eso definir, es ejercicio de burbujeo que intenta   detener el movimiento. Con razón, el escritor José Lezama Lima, aseguraba ante el pedido de dar una definición de la poesía: “Definir es cenizar”

El mercado es una gran burbuja de “obsolescencia programada”; las marcas y modelos padecen de muerte prematura, y es urgente renovar el préstamo para el próximo automóvil: esta burbuja dice que hay que consumir para ser, o parecer. Es la esquizofrenia de comprar algo, o mejor, hay algo que nos compra y domina. Con razón, Saramago, sitúa la nueva Caverna de Platón en el Shopping Center.

Las ideas pueden convertirse en una peligrosa burbuja cuando perdemos la capacidad de dialogar, y escuchar con respeto las ideas contrarias. No puede existir pensamiento crítico desde la comodidad que se instala en la zona de servidumbre de la opinión; por eso, abrir la burbuja es enriquecernos con la experiencia de los demás.

Las redes digitales están llenas de burbujas: pueden ser la de los seguidores, los amigos feisbusianos, o esos que se encaraman en las más diversas plataformas. Dentro de las redes, surge otra realidad que se distorsiona mucho más que las imágenes de la Caverna del viejo filósofo de Atenas.

Allí la burbuja nos ofrece “la cultura de la confirmación”, el “me gusta”, el acto y deseo de ser aceptado por el otro. Una opción de “Toca Para Jugar,” por ejemplo, nos permite llenarnos de filtros para ser hermosos de cuerpo y ocupar el lugar de famosas ilusiones. No es nada, dicen, es solo un juego.

Mientras todos esto sucede dentro de la burbuja, los algoritmos llevan la cuenta de gustos y radiografías mentales, orientaciones sexuales, religiosas, ideológicas, culinarias… y llenan las bandejas para orientar al mercado, el consumo, y la velocidad de humanidad mecánica, sin tiempo para dar un aire a la libertad del pensamiento. Y en el más allá de la burbuja, las gigantes corporaciones observan el burbujeo universal, aplauden felices, por tanta sincronía de gustos y emociones.

Hay una burbujita íntima, la del celular y yo. Es una pompa digital, un acompañante del cuerpo humano; es que ya no es posible respirar sin el “divino” aparatico que sostengo como un corazón en miniatura. Dentro de esa burbuja nos conectamos tanto que no nos percatamos por cuál esquina del mundo sale o se pone el sol.

Y si toda burbuja nos convierte en prisioneros, hay modos de pensar la libertad. Ahora pienso en la lección de la parábola del buen samaritano: Amor al prójimo es, sobre todo, amar al que es diferente. Por último, si queremos tener un antídoto contra los encierros del pensamiento, hay que echar en las alforjas la centelleante frase de Martí:  Yo vengo de todas partes / y hacia todas partes voy. Es que somos hijos de la cultura, y del monte, somos a pesar de todo, seres curiosos y traviesos; por eso, toma un alfiler y pincha la burbuja, como el viejo niño que juega con las pompas de jabón.


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Julio Cesar Sánchez Guerra

Pinero de corazón. Pilonero de nacimiento. Cubano 100 por ciento. También vengo de todas partes y hacia todas partes voy. Practicante ferviente de la fe martiana. Apasionado por la historia, la filosofía y la poesía.


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