El campo cubano no es un paisaje postal para el deleite del turista ni una cifra fría en el tablero de un burócrata. Es un organismo vivo que late al ritmo de un sol implacable, sostenido por hombros que se niegan a doblarse del todo. Hoy, cuando las lomas del Escambray y las llanuras del interior parecen quedar más lejos que nunca de las prioridades de asfalto, ser campesino en Cuba no es una profesión: es un acto de resistencia mística, un milagro diario que nace entre palmas y sinsontes.
Sin embargo, la tierra no se siembra con nostalgia.
Aquel romanticismo idílico que pretendió dibujar al guajiro como un ser de nobleza ingenua e inmutable se estrella hoy contra una realidad descarnada. La Reforma Agraria devolvió la soberanía del suelo, pero el tiempo y el abandono descapitalizaron el porvenir. Los jóvenes miran hacia las ciudades o hacia horizontes aún más lejanos, huyendo no del suelo, sino del aislamiento y de la precariedad. No se puede exigir el retorno al azadón cuando el campo se sumerge en el silencio, privado de incentivos materiales y despojado de su vitalidad espiritual.
La crisis actual no es solo productiva; es una herida en la subjetividad de la nación. Al subordinar la vida rural a las leyes frías de la rentabilidad urbana, el mercado y la importación, estamos cometiendo el peor de los sacrilegios: borrar la cultura que nos fundó.
El campesino no solo produce viandas; produce identidad. En su voz vive la décima improvisada. En sus manos subsiste el respeto sagrado por el monte.
Cuando las brigadas artísticas e institucionales dejan de llegar a los rincones más intrincados, no solo se apaga una función de teatro; se condena al aislamiento a los seres más genuinos de nuestra geografía, aquellos que, a pesar de la escasez, siguen entregando su hospitalidad intacta en una taza de café.
Es hora de cambiar la exigencia estéril por la empatía honesta. Quienes exigen Acopios cumplidos desde la comodidad de una oficina climatizada olvidan el dolor del lomo partido bajo el sol del mediodía, la falta de insumos básicos y el costo desorbitado de cada semilla. Carlos Enríquez pintó el olvido pre-revolucionario, pero el olvido contemporáneo se disfraza de burocracia y desatención.
Para que haya comida en la mesa, primero debe haber dignidad en el surco. Cuidar al campesino es cuidar la raíz. Mientras el país intenta rediseñarse entre reformas y transiciones, la verdadera vanguardia sigue allí, descalza o en botas, defendiendo la última trinchera de la cubanía: esa donde todavía se canta una tonada para espantar la soledad y se labra la tierra con la fe de los que no saben rendirse.

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