sábado, 2 de marzo de 2024

Mella y el gigante de la forifái

Cuba requiere de esas acciones simbólicas que nos entreguen la vida de un país en su esencia…

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 10/01/2024
0 comentarios
Julio Antonio Mella
Mella creó la nueva universidad y desde las aulas trazó la estrategia a seguir en las próximas décadas. (Tomada de ACN

Julio Antonio Mella es otra de las figuras míticas de la historia de Cuba. Cuando pensábamos que ya todo estaba perdido y que no habría una continuación con respecto a las ideas de Martí, apareció este hombre perfil apolíneo y mente de bronce que dibujó en el horizonte del pensamiento emancipador otro capítulo de lucha por los derechos de las grandes mayorías. Surgido en el seno de una familia burguesa, fue de los grandes que supieron renegar de los privilegios y lo pusieron todo en riesgo. Su entrega a la causa lo hizo militante de un temprano marxismo y le valió la ojeriza del régimen de facto, que representaba la crisis de todos los valores vigentes. Mella creó la nueva universidad y desde las aulas trazó la estrategia a seguir en las próximas décadas, criticó la existencia agónica del modelo de sociedad neo colonial y les dio a sus congéneres la posibilidad de construir un corpus ideológico que no estuviera dentro del canon que por entonces dominaba. No era para los señoritos de sociedad que Mella hacia su obra, sino para aquellos que asumieran la historia con la pasión de la libertad.
 

Pero más allá de la esencia clásica de Mella, esa que se estudia siempre en las escuelas, existe ese ser casi divino que José Lezama Lima describe en un pasaje de la novela Paradiso, en el cual se trazan además las pautas estéticas del manifiesto de una generación rebelde. Si Mella era la acción, Lezama era la pasividad, si uno encarnó el sacrificio de joven y la pérdida repentina de la vida, el otro dio muestras de una resistencia y de una robustez que lo colocaron en la cima de la identidad cubana. Es un momento de grandeza ese que unió a las dos personas y que no se menciona con mucha frecuencia. La universidad como el hervidero de las transformaciones, como el nicho de aquellos que no querían una nación doblegada, ni un proyecto de libertad que no nos concediera el sueño de los mambises. No había conformismo ni en uno ni en otro. Y mientras Mella cayó asesinado y dando su nombre por la revolución, Lezama estuvo en los recovecos de su biblioteca haciendo y deshaciendo los entuertos de una obra que cimentará lo que somos como elementos de una nación. Creo que en los instantes más luminosos siempre habrá que hablar de esta confluencia de eras, que no es otra cosa que la maravilla de la historia o la astucia de la razón como fuerzas motrices de los grandes cambios.

 

Julio Antonio Mella

Postal: Liz Armas Pedraza
 

Mella y Lezama son además dos formas a través de las cuales el proyecto de Martí siguió vivo. Porque si algo hubo en Orígenes fue amor a las ideas del Maestro y de hecho se podía sentir la línea de comunicación entre los dos Pepes: el que cayó en Dos Ríos y el que se moría lentamente en su enormidad sin aliento.
 

Ya con el tiempo, se fueron modificando los significantes y volver a unir a las dos figuras pasa por un ejercicio de recuerdos y de retórica que deviene en tour de force. La vida no siempre resulta del todo halagüeña cuando se trata de que los estereotipos caigan. Mella el hombre atlético parece distante del sujeto gordo, enorme, que se tambalea en un balcón de la calle Trocadero. En Cuba hay una visión diferente de cada uno. Mella muere en la flor y Lezama envejece en una Isla que ya no era aquella de las agonías, pero que poseyó sus propias sombras. En el silencio de su casa en La Habana, el poeta vertebró su obra y le dio vida al estudiante rebelde a través de imágenes que no morirían jamás. La energía del arte hacia que se tocaran los extremos de una realidad ya ida y que estaba en las antípodas de los tiempos con respecto a la chata cotidianidad del presente. Quedaba así retratado un momento que no solo era de gloria, sino que nos da la medida de hasta donde se puede construir una verdad con las hilachas que nos lega la historia y con las sombras y los silencios.
 

Lezama y Mella son dos partes de una historia que no concluye, la del país que quiere crecer y ser grande, la de la isla infinita que no solo existe en la poesía, sino que es parte del imaginario y de la concreción de un proyecto. Por ello, no vale borrar los puntos de confluencia y de unión, que, si bien son lejanos, pudieran establecer una especie de aporía del tiempo. Cuba requiere de esas acciones simbólicas que nos entreguen la vida de un país en su esencia. Lezama careció del peso de los poetas del siglo XIX franceses que se iban a las barricadas e intentaban la revuelta real, pero tuvo en Mella ese sujeto díscolo, sin miedo, que era capaz de fundar y de morir en ese acto de surgimiento, de fuego y cenizas, de orígenes. Hay que mirar la historia desde un punto que no sea el aburrido rincón del silencio o el anaquel que ya nada va a decirnos, hay que salir a la calle y tocar la piedra donde dieron los disparos, las paredes en las cuales se trazó una ruta en la noche entre conspiradores, el duro bregar de los techos en los cuales el propio Lezama se imaginó una vez con su forifái en la mano, para escapar a los canallas o quizás hacer la revolución definitiva, esa que Martí nos dijo que era vital, única, emancipadora y que tendría que iluminarnos.
 

Ahora en las calles de una ciudad en el silencio de la crisis, nos asalta la irrealidad de los dos sujetos. Uno nos recita un pasaje de su propia locura, el otro asegura que si nos unimos al fuego seremos salvos. Nada parece morir en ese instante, nada es baladí ni superficial. Como en las cuestiones más metafísicas de Lezama, el ciclo se abre y volvemos a empezar.


Compartir

Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


Deja tu comentario

Condición de protección de datos