jueves, 1 de diciembre de 2022

Eduardo García Delgado: Historia de un héroe

Reconocido por inmortalizar con su sangre el nombre de nuestro Comandante en Jefe, el joven cienfueguero Eduardo García Delgado constituye uno de los más ilustres y eternos héroes de la Revolución Cubana...

Yadiel Barbón Salgado en Exclusivo 29/10/2022
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Miliciano Joven
Fotografía de Eduardo García Delgado (Foto: Granma).

La lozanía se reflejaba en los veinticinco años de su rostro. La rebeldía juvenil de su figura engulliría la cruenta realidad que le esperaba. La indignación daría paso a la sonrisa y la sonrisa al orgullo. Ese efluvio de orgullo patrio por la tierra que lo vio nacer, por la defensa que con valor profesaba, por entregarse en cuerpo y alma a su nación amada, por demostrar con su sangre, en cinco letras, que liquidar a Cuba era una causa perdida.

Cienfuegos parió el 13 de octubre de 1935 a Eduardo García Delgado, uno de esos hijos ilustres y héroes eternos de la Revolución cubana. Obligado por la precaria situación económica de su familia, junto a su hermano Osiris, el noveno retoño de Ángel García y María Delgado, encontró en la capital cubana la esperanza del desarrollo y la superación profesional. Ensimismado en la causa de apoyar a sus seres queridos siempre dedicados a la pesca y la mar, vio en el trabajo a un aliado y alternó las jornadas entre faenas en una oficina de La Habana Vieja y lecciones nocturnas de Mecanografía y Taquigrafía.

El tiempo avanzaba veloz. Los amargos frenesís entre la tiranía batistiana y los guerrilleros devinieron victoria para los rebeldes el inolvidable primero de enero de 1959. Fidel Castro se había convertido en el líder indiscutible de la Revolución cubana y él, para nada ajeno, decidió unírsele devotamente. Cautivado por la entereza del Comandante y fiel adepto de sus causas justas, ingresó en las Milicias Nacionales Revolucionarias, para poco después transitar por la Escuela de Instructores Revolucionarios, graduarse de artillero antiaéreo en la Escuela de Artillería y ser nombrado “El Profe” por su desempeño como Instructor Político de la Artillería en el habanero campamento de Ciudad Libertad.

El joven artillero materializaría cada experiencia adquirida. La madrugada del 15 de abril de 1961 avizoraba malestar para la tranquilidad nacional. Aunque disfrazadas con insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria, el desespero por abrir fuego delataba a las aves mecánicas B-26 que en mercenario anhelo querían destrozar toda base y equipo nacional de aviación. Otra vez el imperialismo mostraba el filo de sus garras, solo para toparse con una potente resistencia.

La quietud del aeropuerto de Ciudad Libertad, uno de los puntos de ataque, era pertrechada por las ráfagas de destrucción. Los estruendos sonaban y resonaban despertando a los sorprendidos presentes, que en el flamante escenario y en robusta respuesta, también combatían al enemigo. Desprovisto de su arma, Eduardo despegaba el cuerpo del suelo al que veloz se había lanzado. La intensidad del ataque aumentaba, pero la voluntad de El Profe le hacía competencia. Solo el pasillo lo separaba de su trinchera. El tiempo, jugaba en su contra. La rapidez del enemigo era considerable. Sin pausa Eduardo corría, pero una hilera de agujeros de bala ralentizaba su andar.

Poco a poco la oscuridad envolvía su figura. Un compañero lo ayudaba a moverse, pero los ataques volvían. El dolor, opacado en su mente, llovía en cascadas rojizas sobre su costado derecho. La voluntad continuaba siendo su temeraria consejera. Moribundos yacían sus ojos, hasta que una puerta de madera otra vez los despertaba. Solo un pensamiento en su mente: FIDEL. De la sanguinolenta mancha que envolvía su cuerpo, una rojiza F se erguía brillante sobre la puerta. Le siguieron otras tres, hasta llegar a la L. La última exhalación de Eduardo García Delgado espiraba la vida ofrecida a la Patria. Enmarcado quedaría el nombre que escribió y eterno sería el legado de su escritor.

Las cinco letras resplandecían. Titilaba el intenso carmesí con que habían sido escritas. Los ensordecedores sonidos previos nublaban el cielo raso con su vileza. Los mercenarios B-26 atacaban sin piedad a las tierras cubanas y las tierras cubanas propinaban bajas al invasor. Pero las letras ahí seguirían. Sería imposible borrarlas. Sería imposible extinguir su fulgor. Y el destino, solo el fastuoso destino, inmortalizaría su reflejo por los fecundos caminos de nuestra historia.


Yadiel Barbón Salgado

Periodista, amante de la literatura y la Historia, seriéfilo, melómano en demasía y adicto al Mundo Mágico de Harry Potter


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