martes, 7 de febrero de 2023

Aclarando de una vez por todas la presión arterial que debe tener un adulto

Las enfermedades relacionadas con nuestro sistema cardiovascular se han convertido en el mayor riesgo para nuestra salud, especialmente conforme nuestra edad avanza...

Presión arterial-adulto
La medida de presión arterial es en realidad doble. Por un lado se mide la presión máxima y por otro la presión mínima de nuestras arterias.

Por: Pablo Martínez-Juarez

Las enfermedades relacionadas con nuestro sistema cardiovascular se han convertido en el mayor riesgo para nuestra salud, especialmente conforme nuestra edad avanza. Monitorizar esta salud implica vigilar muchos factores, pero mantener alguno de estos factores bajo control está en nuestra mano.

¿Qué es y por qué es importante? La presión arterial hace referencia al nivel de presión con el que la sangre circula por las vías sanguíneas. Cuando estas vías se contraen por algún motivo la sangre tiene menos espacio para circular, lo cual incrementa la presión arterial.

La presión se utiliza como una medida del estado de salud de nuestro sistema cardiovascular, puesto que presiones altas están relacionadas con fallos de este. Tener un ojo puesto en esta medida permite a los profesionales de la salud intervenir preventivamente para evitar enfermedades potencialmente mortales.

Hay que tener en cuenta que las enfermedades cardiacas están habitualmente entre las principales causas de mortalidad en los países desarrollados, y especialmente entre las personas de mayor edad.

Milímetros de mercurio. La unidad de medida con la que se mide la presión arterial son los milímetros de mercurio (mmHg o mm Hg). No se trata de una unidad de presión estándar del sistema métrico decimal, pero puede convertirse a éste, siendo equivalente poco más de 0,133 kilopascales (kPa).

Esta medida se debe al hecho de que la presión arterial solía medirse con esfingomanómetros de mercurio, lo que hoy por hoy ya no es habitual (al igual que en el caso de los termómetros).

La medida de presión arterial es en realidad doble. Por un lado se mide la presión máxima que se alcanza cuando el corazón bombea sangre, la presión sistólica; y por otro la presión mínima de nuestras arterias cuando el corazón recibe la sangre en lugar de empujarla, la presión diastólica.

Distintos niveles de hipertensión. Como es habitual si queremos tener en cuenta la diversidad en las personas, pueden existir variaciones en lo que se considera una presión normal, pero es habitual que se considere como normal una presión arterial por debajo de 120 y 80 mm Hg de presión sistólica y diastólica respectivamente.

Una presión arterial ligeramente por encima de los 120 mm Hg pero por debajo de los 130 puede ya comenzar a considerarse elevada. La hipertensión puede comenzar a diagnosticarse entre los 130 y los 140 mm Hg. Algo semejante ocurre con la presión diastólica, con niveles que podrían ser considerados normales-altos hasta los 90 mm Hg y la hipertensión apareciendo en ese punto.

Hipotensión: la presión demasiado baja. Menos peligrosa que la hipertensión, la presión arterial baja o hipotensión también entraña sus riesgos. En este caso, lo normal es que la tensión no baje de 90 y 60 mm Hg. La presión arterial baja puede causar síntomas leves como mareos y desmayos, pero también puede tener consecuencias más graves, incluso potencialmente letales.

Tomar el control. Vigilar nuestra presión arterial es solo parte del trabajo a la hora de tenerla bajo control. Existen guías tanto para la prevención de la hipertensión como para su mejor gestión una vez aparece, aunque la clave está, como de costumbre en prevenir.

Por supuesto cada cuerpo es único, pero existe gran consenso sobre cuáles son los hábitos clave a la hora de acercarnos a unos niveles saludables, y uno de ellos es el ejercicio. Evitar el sedentarismo y mantener la actividad en el día a día puede ayudar, por ejemplo andando. El ejercicio aeróbico regular también puede ser recomendable, existen guías sobre cómo mejorar nuestra actividad física, pero la consulta a un especialista tampoco está fuera de lugar.

Alimentación saludable. La siguiente recomendación también es de sobra conocida y es alimentarse de forma saludable. Además de los consejos habituales (aumentar neuestro consumo de fruta y verduras, reducir el de ultraprocesados y azúcares) hay algunas pautas alimentarias que se relacionan con la mejora de la salud cardiaca, concretamente reducir la sal en nuestra dieta.

Para ayudar con esta labor es buena idea aumentar nuestro consumo de potasio. Este elemento funciona a modo de electrolito y es capaz de contrarrestar parte de los efectos del sodio, además de ayudar a que nuestro ritmo cardiaco se mantenga constante.

Finalmente el consumo de fibra también se ha relacionado con una mejor salud cardiovascular, en este caso no por su interacción con la sal sino por mantener más estables nuestros niveles de azúcar en sangre.

Tabaco, alcohol y otros factores de riesgo. Aunque el consumo de tabaco suele asociarse a una peor salud pulmonar y especialmente al cáncer, este hábito también puede perjudicar a nuestra salud cardiovascular. Es por ello que se recomienda no fumar como medida preventiva.

De manera semejante, aunque asociemos el alcohol a problemas en el hígado, su consumo tampoco resulta recomendable, aunque en este caso existe cierto margen para un consumo muy moderado.

Hay más factores de nuestra salud que pueden estar vinculados a nuestra presión arterial y con ello a nuestra salud cardíaca, como por ejemplo el padecer diabetes o nuestra masa corporal, el sobrepeso es uno de los factores de riesgo más conocidos junto con la edad, la genética y los hábitos.


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