domingo, 14 de julio de 2024

Zola: Una historia de comedia negra (+Fotos y Video)

Zola es una película que, salida de una red social, ha mudado su lenguaje desde una realidad que parecería alternativa para muchos ignorantes a una concepción discursiva del mundo oscuro que se vive en ciertos recovecos norteamericanos, creando así una expresión muy dinámica de cara a la pantalla...

Daryel Hernández Vázquez
en Exclusivo 15/03/2022
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Zola Una historia de comedia negra
Zola, filme estrenado el pasado año 2021 de la mano de Janicza Bravo

Sin buscar la decadencia orgánica y funcional del mundo oculto y profundo de las tierras norteamericanas de Los Ángeles y Miami, Zola (2021) se abre camino como un crudo discurso generacional de la actualidad que se está viviendo en ese ámbito social. Un discurso que no escatima de recursos para desarrollar el universo oscuro al que se dirige, con el que choca y nos describe cuan turbio puede ser. Y de esta forma se le entrega al espectador tal cual una bofetada sin previo aviso, justo para que despierte, se asombre y se divierta con su argumento extraordinario.

La extraña mas dinámica forma de abrirse al público tal cual un video independiente de pop (dulce pero ácido, tierno pero electrizante, colorido pero opaco, alarmante y siniestro, intenso y mordaz), permite que se descubran mientras recorre el metraje, las verdaderas intenciones del mismo. La lucidez de sus imágenes funge como un vago pretexto para hacernos aún más alucinante su historia. Pretendiendo que sus colores cálidos y pasteles, su movimiento de cámara, veces innovador, otras ambiguo, y el uso de las tendencias actuales entre los jóvenes en las redes sociales en cuanto a comportamiento y uso llevados a la dinámica del celuloide, solo son un engranaje más que compone toda la obra.

Zola, se apoya de todos los factores posibles para hacer su muestra cada vez más expresiva y visceral. Tan solo contar un ejemplo: la película es presentada de inicio a fin con una capa muy fina de filtro “look” cinematográfico que se remonta a las películas de 35mm de finales del siglo pasado, que por momentos adormece los sentidos cual hipnosis dentro de un carnaval. Sin embargo, en justa medida, esta misma capa que se compenetra con la corrección de color y la atmósfera generada por su banda sonora, es la carpa que contiene todo ese carnaval de emociones, suspensos e intrigas; como si de alguna forma quisiera en sí lograr ese sueño a modo de historia antes de acostarnos, que deja remanente sobre la almohada y nos hace alucinar con ella de mano de la imaginación.

Es el poder sensorial que relata su trama la que convida también a observar este filme sin tratar de perderse ningún detalle. Esta historia devenida de una saga de tweets realizados por A´Ziah “Zola” King, quien esboza, casi sin quererlo, una de las series del bajo-mundo americano más terroríficas y reales, es, sin escatimar la crueldad de su argumento y el aparente facilismo visto entre líneas en los sucesos, quizás, de alta alerta.

Zola, abre su telón entre el juego de conocer a cada quien, y ver quién dice la verdad, sin tratar de organizar una teoría del rumor bien confeccionada del todo en la pantalla, ¡porque se sabe quién dice la verdad en esta historia! Es evidente desde la misma posición que toman sus personajes. Este telar de situaciones y caracteres se sustenta por el posicionamiento jerárquico que se fomenta en un índice social, unos por encima de otros dentro de la supervivencia económica y social. Caracterizado por la forma en que se narra este argumento que simula ser un nuevo twittazo con cada escena.

Con un ritmo similar, aunque menos turbulento y agresivo que las películas de Greg Araki (The Doom Generation, Nowhere, Totally Fuck up), sus personajes se entrelazan unos con otros para representar una trama tan compleja e hilarantemente surreal, donde la danza de sus cuerpos ennoblece la cadencia de sus acciones por más pecaminosa que sea.

Aquí se subordina la audacia de Zola (Taylour Paige) y su arte para sobrevivir a experiencias límites, la inocencia y desesperación de Gail (Nelcie Souffrant), quien no puede controlar los quehaceres de su novia Stefani (Riley Keough), otra que es llevada conscientemente, sin importarle engañarse asimisma ni engañar a los otros, a este mundo bajo la manipulación de Johnathan (Nasin Rahim), quien utiliza su persona autoritaria para doblegar a cualquier ente que se le anteponga al negocio y, además, absorbe todo lo que pueda mejorar(lo) económicamente hablando.

Es una obra donde cada componente hace de sus manos un violín y suenan al unísono, pero sin interrupciones ni ruidos innecesarios, con tal de recrear el arte del engaño entre ellos y el exterior, donde sus consecuencias repercuten in and out camera (rompiendo la cuarta pared cinematográfica).

Tanto influye las personalidades de sus personajes que, cada color cálido que ofrece la ciudad tropical de Miami, se ve derruido por los actos y los desmanes de estos caracteres mutables en ocasiones. La violencia es desmedida entre ellos provocada por complejos que vienen con la humanidad desde su creación: hipocresía, soledad, inferioridad, entre otros; es naturalizada con cada acto donde el peligro es superpuesto a las situaciones que dejan sin aire ni alternativa. Sin embargo, es una sensación que se mantiene latente en toda la cinta.

Utiliza los códigos impuestos aparentemente en el cine independiente para narrar su discurso de una forma tal que la expresividad de sus participantes dentro de cada escenario dialogue siempre con la cotidianidad de las nuevas redes, del contexto social y el entorno en que se convive hoy en día. Se trabaja de manera que esta actualidad, extraída de este tipo de ambiente (de la realidad a lo digital, de la verdad a la fantasía), sea un constante punto de anclaje dentro de su trama. Buscando tal vez que el espectáculo del cine no engulla esta prosa poética sacada de los confines del internet.

Además, del tecnicismo con que se enarbola toda la obra se subordina a la sensualidad siempre de la imagen. Amén de toda la explotación sexual del trabajo más antiguo del mundo, el filme se encarga de desarrollar una vorágine seductora muy similar a los antros “striptease” que rondan estas ciudades; donde, lamentablemente, estas mujeres son violentadas constantemente, suponiendo que debe ser así por su trabajo, pisoteándole su convicción de humanas y su capacidad de comprensión ante la vida (dos polos que interactúan dentro del ser), un entorno donde los hombres sucumben a sus instintos más primarios, desvirtuándose y recayendo en lo primitivo, en lo básico, en lo bruto, desproporcionadamente animal.

Todo se genera dentro de un espectáculo de fotos, luces y movimientos que permiten que las redes tomen un lugar envolvente (sin sonar redundante sobre la palabra redes), capaz de absorber al espectador con lo que está viendo y analizando. Atrapado casi hipnóticamente por el poder de su argumento que alimenta la sensualidad explayada en pantalla, donde la violencia forma una vez más parte de los cuerpos como de los actos.

Con esto Zola llega a su final premeditado, anunciado desde un principio, concibiendo la verdad de cada ente componente de la obra, con una dura caída tras su clímax (literalmente hablando), rompiendo con el esquema maniobrado con tal de enarbolar algo novedoso y turbulento correspondiente a la historia real de la cual devinieron otras historias mal contadas y no tan reales.  Sin embargo, para los que aspiraban que cerrara con un final feliz, aquí, se prefiere culminar con una clausura tan lineal tal cual la realidad, donde amén de las situaciones la vida sigue y las experiencias solo dejan reflexiones. Zola comparte ese crecimiento personal de su protagonista y lega con su cierre lo que pueda suceder en adelante a la imaginación de los espectadores, que quizás no es aplaudible, pero si verídico. Vale la pena verlo así, lleno de suspenso.


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Daryel Hernández Vázquez

Licenciado en Ciencias de la Información en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Cinéfilo y editor. Aspirante prematuro a director de cine. Novelista, poeta y loco.


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