domingo, 14 de julio de 2024

El misterio tras la intensa polilla roja (+Video)

Nara nos recrea una historia misteriosa y terrorífica sobre el descubrimiento de la sexualidad y el deseo en contrastación con la soledad y los roles familiares dentro de un escenario rural poco usual...

Daryel Hernández Vázquez
en Exclusivo 28/12/2021
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Fotograma de la película Nara 1
Cartel del cortometraje Nara.

Tuve la oportunidad de ver durante una de las sesiones de este 42 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el cortometraje Nara (Rosa María Rodríguez, 2019). La ocasión se dio mientras esperaba observar otro corto (Terranova de Alejandro Alfonso, 2020; quien funge de Director de Fotografía de Nara) en el Cine Riviera, un sábado dedicado al cine dentro del este prestigioso evento en la mañana. Rápido Nara cautivó a sus espectadores tras la cortinilla de oscuridad y la justa presentación de uno de sus productores, Fede Blanco Gamboa. Su estética y la minuciosidad en que se abre al público con la forma en que fue filmado, atrapan al más incrédulo. Amén de que no se desarrolle aún la historia, solo su antesala.

Nara, desde una visión muy personal, nos invita a presenciar una trama enrevesada donde unos jóvenes hermanos (Nara y Josué), recientemente huérfanos, que tienen problemas en la piel al recibir la luz del Sol (aparente enfermedad XD), se las tienen que apañar para sobrevivir en este nuevo mundo que se les abre sin una presencia familiar sólida, que, para otro mal de los pesares, son acosados por algún ente misterioso que les visita los alrededores en las noches.

La madre simplemente herida de muerte (con hendiduras vampíricas y sangre a borbotones) delante de una mesa servida y dos muchachos atónitos, abre lo que sería una propuesta procesual de diferentes galimatías vitales en un ejercicio de terror campestre. Nara (Annabel Novo) respira el olor a muerte de su madre, se preocupa. Sin embargo, bastó un solo ápice sin resolución sobre el estado de su madre para enterrarla en el olvido y cambiar los roles familiares entre estos dos hermanos, que fríamente continúan comiendo, previendo el futuro que se les avecina.

Con este comienzo se libera la ponzoña de su relato donde se nos hace un tanto densa por su corta duración y el movimiento abstracto de su guion. Llegando a confundirnos en muchos aspectos que cognitivamente están anquilosados. Jugando con nuestro “background” mental acerca de estos temas. Películas como: The Others (Alejandro Amenabar, 2001), The Witch (Robert Eggers, 2015), Carrie (Brian De Palma, 1976) o una triste y mal formada película de vampiros, resuenan por ahí. Varias “cosas” se simulan tomadas de tramas similares. Sin embargo, y con tal de no tachar el filme de mero pastiche creativo, Nara expresa una idea conceptual – filosófica de la esencia de diversos tópicos que, en sí, y tal vez no tan obviamente, encabezan su composición.

 

Fotograma del cortometraje Nara (Tomada de la página oficial de Facebook: Nara, la película)

El cortometraje se disputa su ficción entre la realidad y el sueño, entre la infancia y la madurez, entre los actos y sus consecuencias. La vida misma se dificulta por encima de los propios defectos de las personas y sus entornos. Esta discusión (acalorada en un principio, latente en un final) permite que los objetos irreales tomen persona y sujeto cuando su relación con los objetos “otros” se hace verídica y sustancial. Y en medio de todo esto se encuentra Nara (la protagonista), quien lidia a duras penas con su nueva vida, su relación con el ambiente y consigo misma. Al igual que como indica u obliga el título de esta obra. Todos los ojos están puestos sobre ella. 

Como si fuera parte de su crecimiento, Nara se embarca en el autodescubrimiento dentro de su nueva situación. Se supone que su relación de hermandad es ensuciada por un incesto non nato que confunde a los jóvenes, mas, ellos saben que es su nueva fase vital, tratan de no repelerla, pero lo hacen inconscientemente. Por lo demás siguen su vida normal, se encargan de los cultivos, de la finca, etc.

Este cortometraje, en su desarrollo y aparte de la parafernalia fantástica, se nutre de diferentes culturas y tradiciones que fomentan la composición argumental y capacitan la intensidad de sus giros dramáticos. Con Nara, también se nos crean tópicos asociados a la soledad y el amor, la sexualidad y el deseo, amén de que su directora se apoye en el cine de terror para narrar otros temas más escabrosos.

En los sueños de Nara, contribuciones a la trama como parte de flashbacks o simples encuentros con su perseguidor, se muestran a este ser misterioso que busca de una forma u otra acercarse a la familia, a la muchacha, no solo a comerciar con ella. Mientras, ella, descubre su sexualidad eminente bajo la presión de este ser, de la partida de su hermano de un minuto a otro (casi un suicidio al no poder soportar la salida del Sol), este ser veces aparece como un Íreme u otras como una especie de Babujal de las montañas orientales cubanas.

La simbología del Diablillo (Íreme) contempla toda una atmósfera demoniaca a su alrededor. La encarnación de un mal que, curiosamente, se hace cotidiano. Parte de la sutileza con que la vida se desenvuelve. Como la acuciosa llegada de la maldad dentro de la experiencia de la vida, del crecimiento, de la misma experimentación. Sin embargo, es otro ente que irradia un pilar fundamental dentro de la historia, la religiosidad.

Fotograma del cortometraje Nara (Tomada de la página oficial de Facebook: Nara, la película)

Los ápices religiosos que se denotan en el corto reafirman dos cosas importantes que transparentan las acciones y cambios de la muchacha protagonista en todo su apogeo feminista por así decirlo, aparte (además) de la estética “bonita” con que se desarrolla (o el homenaje rotundo a Tomás Piard). En primer lugar: esa anima intocable que la hace repeler cualquier contacto con la sociedad que le exprese o le indique peligro, resguardo y pérdida de control.

Pero, en segundo lugar, se observa el soporte casi majestuoso de la apertura a nuevas experiencias, al encuentro visceral con lo desconocido, el soberbio despertar. En este caso, y en contraposición con algunas cuestiones de la religión, con la sexualidad, lo que no impide a Nara pernoctarse e infligirse daño físico para expiar sus pecados en un primer lugar y restaurar el equilibrio de las cosas (equilibrio que está perdido desde la primera muerte).

Daño que es otra forma que toma la violencia en esta etapa que enfrenta la muchacha y la situación en que coexiste, y realizado en este caso muy en particular por la pureza que nos trae la luz, la luz indómita y prohibida del Sol. Esto conlleva a que poco a poco ella vaya conociendo al ser de su entorno y vaya liberando al ser de su interior, que como se intuye platónicamente y muy simbólicamente, un ser se come al otro, un ser se apropia del otro, sin más para allá ni más para acá. Por las claras, conceptual y literalmente. La materia se transforma o desaparece.

Lo que sucede con Nara es que intenta, sin importarle mucho la comprensión plena de su propia trama, simpatizar con el espectador. Juega con él y lo endulza con “colores, tomas y técnicas sofisticadas” para que su final, repentino y brusco, no le sea tan agrio, y su trama veces sosa veces prepotente, no resulte simple saliva. Para esto se salta una variedad de pasos lógicos que, como parte de toda la información contenida que trae entre líneas, no afectan la capacidad de entendimiento del público. Amén de que muchos asuntos quedan en el aire, en el aire de un silbido.   


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Daryel Hernández Vázquez

Licenciado en Ciencias de la Información en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Cinéfilo y editor. Aspirante prematuro a director de cine. Novelista, poeta y loco.


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