miércoles, 8 de febrero de 2023

La palma de la mano

un blog de Luis Sexto Sánchez

La muerte que nunca ha sido

Desde los días iniciales de su nacimiento, la lectura de las tabaquerías recibió el anuncio de su desaparición inmediata, sin que alguna cartomántica leyera tan temprano augurio...

Luis Sexto Sánchez
en Exclusivo 22/12/2012
2 comentarios
Lector de Tabaquería
La riqueza de la lectura no se toca, no se embotella, ni se guarda en bancos.

Desde los días iniciales de su nacimiento, la lectura de las tabaquerías recibió el anuncio de su muerte inmediata, sin que alguna cartomántica leyera tan temprano augurio. Travestidos como portavoces de la fatalidad, los propietarios de los talleres de torcido, mediante el Diario de la Marina, previeron un riesgo para sus intereses de clase e intentaron matarla poco después de nacer. Temían que libros leídos en voz alta sacudieran el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria con la cultura que, consecuentemente, adquirirían los torcedores.

Transcurría 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate —dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario sumado con la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Durante décadas, en efecto, los tabaqueros integraron el grupo más preparado de la clase obrera cubana. Y consecuentemente uno de los más beligerantes. No podían oír la lectura de Los miserables, de Víctor Hugo, sin quedar convocados a conocer los extremos del mundo social: ricos y pobres. Y percatarse que ellos, los asalariados, eran del bando o la clase menos favorecida por la riqueza creada por sus manos. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia. Y defendió el papel de la lectura en los talleres al preguntar en uno de sus textos qué sería del torcedor si aburrida, aunque productiva faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”.

Autobiografía de un hombre que fue de color, novela del escritor norteamericano James Weldon Johnson (1871-1938), publicada en Cuba en 1988, por la Editorial Arte y Literatura, describe aquellos días de finales del siglo XIX, cuando los tabaqueros emigrados en Cayo Hueso, Tampa, Jacksonville preparaban, con la habilidad de sus manos de torcedores, la guerra de independencia. El personaje narrador, negro norteamericano hijo de una pareja interracial, cuenta su aprendizaje de despalillador. Y al año y medio, un tanto ducho en el español dominante en la fábrica, pasó a ejercer de lector. Lo que cuenta es casi semejante al presente. Y apunta que no solo era necesaria una buena voz. El lector debía ser reconocido como persona inteligente e informada sobre conocimientos de “diversa índole”. “Como lector —narra la única novela de Weldon Johnson— no solo me liberé de la monótona labor de torcer tabacos (…), sino que también incrementé considerablemente mis ingresos”.

El lector de tabaquería fue lamentablemente ya no es, de acuerdo con mis experiencias una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matices, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. ¿Cómo podría el oyente determinar quién habla en un diálogo si el lector no diferencia las voces?

A pesar de la radio, que amenazó a la lectura viva en las tabaquerías, esta institución no pasó al olvido, como el cigarrillo no ha condenado a las memorias el consumo de la hoja de tabaco envuelta en sí misma. Durante los tres últimos siglos, el habano ha confirmado que posee un toque, un detalle que sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. Posiblemente no sea solo una gracia, o un secreto de la agrotecnia que los indocubanos, que cultivaban y degustaban la hoja, legaron a los primeros vegueros canarios recomendándoles que el tabaco no necesita mucho agua, porque, si le sobreabunda, se vuelve muy melosa.

El mágico poder de nuestra hoja parece incrementarse en su proceso de torcido, desde su curado a oscuras en uno de esos rascacielos de madera o guano que surgen en los campos de Pinar del Río o en el sur de La Habana, o en las provincias del centro. El torcido es limpiamente artesanal. Como un fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Elaborado a máquina, el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos, de esos “dedos sabios” que versificara Raúl Ferrer.

Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. El habano genuino deriva de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller. El veguero trata a cada una de sus plantas como novias, o como hijas. Y quizás a media noche lo vemos arrodillado escardando las plantas de su vega, muy cerca de la casa.

El fumar un habano equivale a un acto de cultura. Pero fuma el que quiere o desea. Ni fumarlo compone distintivo patriótico. Porque si Martí elogio a los tabaqueros y empleó el patriotismo que los ligaba a Cuba desde los Estados Unidos, no fumó. En cambio, Juan Gualberto Gómez, el delegado de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo inclaudicable.

El habano, por mérito propio, ha conquistado a sus adictos, aun los más relevantes. A Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada? Y si revisamos un tanto la iconografía de hombres célebres en Cuba, famosa es la foto de José Lezama Lima, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el poeta muestra un puro entre sus labios barrocos y místicos con el que parece llamar a sus orígenes. Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también tabaco, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con un tabaco entre sus dedos.

La lista amerita mucho espacio. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña la ayudó a erigirse en nación.

El habano ha seducido incluso a enemigos de Cuba revolucionaria. John F. Kennedy violaba las prohibiciones del bloqueo impuesto por él mismo en 1962, para fumar una breva llegada a su mesa presidencial por mañas clandestinas.

Y al final, uno se pregunta como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu nacional? Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora, el habano no podrá existir sin las manos del torcedor cubano. Este operario forma parte del misterio de la hoja, del humo y su mezcla con la sangre. Y la lectura proseguirá enriqueciendo el trabajo, porque como nueva negación del fallecido y maldito pronóstico de sus orígenes, las autoridades cubanas han declarado a la lectura en las tabaquerías patrimonio inmaterial de la cultura de la nación.

La riqueza de la lectura no se toca, no se embotella, ni se guarda en bancos. Ni se quema. Se lleva en la conciencia. Que siga, pues, el habano humeando por el mundo, mientras las manos prodigiosas que lo tuercen, oyen en silencio el libro de turno…


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Luis Sexto Sánchez

Periodista de oficio y de alma. Maestro de generaciones. Premio Nacional de Periodismo José Marti por la obra de la vida. Autor de la columna "La Palma de la Mano" en Cubahora.

Se han publicado 2 comentarios


Watson
 22/12/12 14:24

David, nunca es tarde si la dicha es buena, recuerda!

David
 22/12/12 12:00

El otro día debía ayudar a David, mi hijo, en una tarea sobre el hábito de la lectura. Creo que la hizo y quedó bien, pero si hubiera leído este trabajo antes, creo que le hubiera sido más útil.

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