“¿Qué tipo de música se oirá en tu santuario?”, me preguntó un seguidor de este blog. Demoré un poco en entender de qué hablaba, hasta que recordé una de las últimas crónicas de 2025, Mi fórmula final, en la que además de Abelito y Maura, tan cercanos a mi corazón, también comentaron Tania y Carlos, dos lectores a quienes agradezco salir de su mutismo para regalarme tamaña alegría.
Aunque hoy las redes sociales dominan el panorama comunicativo, extraño la época en que el blog era casi un foro en sí mismo y nuestras entradas ocupaban el primer puesto de lo más comentado de la revista semana por semana. (MaryD insistiría en que no fue el público quien colgó los guantes: les ganó la morosidad para subir comentarios, pecado capital en tiempos de inmediatez virtual).
Volviendo a la pregunta de Chistoso (y sí que lo es, aunque no comente a vistas), en nuestro retiro para una vejez enriquecida habrá que escuchar de todo, porque hay aspirantes enamorados de Vivaldi y doñas que lavan y limpian a golpe de reguetón o reparto; como hay también fanáticos del rock, un bailarín excepcional de todo lo que lleve compás ¡y hasta un experto en baños de Gong, para nuestro sublime bienestar!
Claro que boba no soy, y como co-regente de tan divino manicomio sí que pondré ciertos filtros, pero será en las letras: por mí pueden saltar hasta perder tendones y tímpanos con cualquier ritmo (a más de cien metros de mi habitación, obvio), pero jamás permitiré numeritos misóginos ni cargados de mala praxis sexual o miedo y odio hacia lo diferente.
¿Bolerones lacrimógenos? Puede ser… Llorar por gusto a veces baldea el alma. ¡Pero nada de rancheras violentas ni “temazos” de voces tropelosas, que hasta la IA pasa trabajo para subtitular tan vulgares videos!
Probablemente sea mi falta de concentración y disciplina espiritual, pero me es muy dificil no escuchar el contenido de lo que se canta, habla o grita a mi alrededor, en casa o en la calle. Incluso leo carteles que he visto por siglos una y otra vez, como si fuera una deuda kármica con el sentido de las palabras, escritas u orales.
Por si lo pensaron, confirmo: ya me perdí más de un orgasmo por ese tipo de distracciones, y en cuanto a amantes, los prefiero con eyaculación precoz o trastornos de erección (para eso tengo mis mañas afiladas) antes que narradores sexodeportivos. ¡Qué rabia me dan esas jugadas cantadas de “Tevoadar tal cosa” o “Ven y hazme esto otro, bebé…”!
- Consulte además: Felices los cuatro
Peor que eso, sólo los reguetones que vociferan mis vecinas… Aunque en verdad es lo mismo, pero peor, porque las más adolescentes suspiran creyendo que “ese” es el sexo que las llevará a la gloria.
En fin, amigo Chistoso: mi problema con la música moderna no es por el sonido instrumental (excepto el jazz, que dispara mi epilepsia), sino por el malestar que promueve. Esas letras en apariencia olvidables y poco razonadas son un peligroso recurso de PNL (programación neurolingüítica) que te hackea el cerebelo, el hipocampo y la amígdala, acaba con tu discernimiento y te hacen, a la larga, mal amante y peor compañero de vida.
Si no crees en eso de las «malas vibras» es asunto tuyo: la energía funciona para todos, a las buenas o a las malas, lo aceptes o no. A la vuelta de unos años verán cuántas parejas disfuncionales habrá, y cuánta gente llegando a los 40 sin saber que una buena sesión de amor no tiene nada que ver con sus canciones de infancia.
- Consulte además: Revisitando (en shock) mi infancia
Por nuestra parte, en Senti2Cuba hacemos todo lo posible por compartir buena música (gracias, Adrián y Rodin) y preservar el espíritu del buen sexo, con lecciones que llegan hasta donde es posible, según la naturaleza de sus participantes…
Este mes, por ejemplo, andamos conspirando para hacer florecer un taller de tantra y sexualidad sagrada, y en febrero convidaremos a un retiro de parejas en un lugar tranquilo, con clasecitas divertidas y consejería ayurvédica…
Crear ambiente no será problema: buenos melómanos tenemos en el grupo, ¡y cada vez se suman más!

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