En el barrio chino habanero, en San Nicolás 517 vivía mi tío Arturo Chang Sanl quien al emigrar desde Asia, alteró toda su vida desde tener que aprender un idioma donde una palabra al ser conjugada se dice de decenas de maneras.
Habituado a que en su lengua materna un verbo se mantiene inalterable en cualquiera de las personas (yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos) ya había pasado de decir yo vender carbón, a expresarse mejor: yo vendo carbón.
Mientras avanzaba la década de los 50 del siglo pasado, un avance tecnológico en los equipos de cocción le volvería a cambiar su rutina laboral porque las cocinas se fueron sustituyendo por el conocido como de querosén, luz brillante o brillantina.
Sin contar que también el gas licuado de petróleo se iría extendiendo, sobre todo en la capital habanera, la vida lo obligó a vender la camioneta en la que transportaba el carbón y abrir una bodega de víveres y licores en la esquina de San Nicolás y Cuchillo.
Al recordar cómo cambian los tiempos, pedí una foto del otrora comerciante carbonero y gracias a la proliferación de equipos fotográfico porque abundan los celulares, retrataron la imagen impresa en papel y la tuve sin esperar un demorado envío por correo postal. (Y este es otro cambio)

A tantos decenios de distancia, el carbón vuelve a hacer acto de presencia en la vida, pues desde hace ya más 30 años Cuba lo exporta a otros países donde usarlo es un lujo porque aseguran que la comida queda con mejor sabor.
Quienes conocieron de esa exportación sin prestar mucha atención, y cuando hace poco más de 10 años se extendió la venta del GLP, tal vez ninguno pensó que el carbón retornaría a las cocinas cubanas hasta en apartamentos de edificios multifamiliares.
El tizne, el humo, la ceniza y todos sus inconvenientes retornan al escenario donde se consigue el producto y la hornilla como una de las tantas alternativas para preparar los alimentos ante los prolongados y reiterados apagones que van marcando la vida.
Una de las principales modificaciones derivadas de las afectaciones eléctricas es el interés por aprender que los parámetros de calidad del carbón son tener peso, color opaco, estar seco, sin fragmentaciones y mucho menos polvoriento.
Otra alteración es saber prender el fuego, fácil, pero hay que conocer cómo cubrir con carbón algún material inflamable como el papel, el cartón o la tela, ventilarlo y como novedad a la falta de comburente, echarle pedazos de pomos plásticos.
En cuanto a la humareda, hay quienes buscan la solución trasladando la cocina hacia el balcón, otros la colocan cerca de una ventana para que haga un tiro de chimenea, y también dicen que se aplaca el humo al agregar sal gruesa (si se consigue).
De crisis como las de los 60, de los 70 y 90 guardamos algún recuerdo especial, pero en la actual derivada del agudo desabastecimiento de combustible ya sensible desde días antes de comenzar el 2026, el de la cocina será inolvidable.
No sólo se trata de los malabares para comprar los alimentos por parte de las mayorías que poseen la minoría del dinero, sino de esquivar los golpes del apagón que impiden funcionar las cocinas eléctricas.
Los tiempos cambian, y las cocinas también.
- Consulte además: Mis recuerdos de cada crisis

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