Cuando en la historia de Cuba se menciona la figura de Fermín Valdés Domínguez se le conoce, más que todo, por su entrañable amistad con José Martí, nuestro Héroe Nacional.
En la escuela nos enseñaron que ambos fueron alumnos aventajados de Rafael María de Mendive, que se autoproclamaron autores de la carta al discípulo alistado en el Cuerpo de Voluntarios y que fueron condenados a seis años de presidio político (José Martí) y a seis meses (Fermín Valdés Domínguez).
Aprendimos además que fue Fermín el primero en hacerse responsable de la autoría de dicho documento, prueba de su lealtad hacia Martí, quien lo desmiente en un derroche de la oratoria que siempre le caracterizó, diciendo: que su amigo mentía, porque él era su mejor amigo, y que más que un compañero, “es para mí como un hermano, quiere hacerse responsable de esta carta que yo escribí, pero no lo permitiré…”, y continuaba afirmando que “Yo y sólo yo la he escrito”.
Pero Fermín Valdés Domínguez, el “amigo del alma” del Apóstol, fue mucho más que eso.
Su obra más altruista fue protagonizar la reivindicación de las víctimas de uno de los episodios más abominables cometidos por el colonialismo contra la juventud cubana:El fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871, los cuales fueron hallados culpables por una Corte Marcial. El fallo contra los jóvenes se llevó a cabo a pesar de no existir evidencias concluyentes que demostrara su implicación en la supuesta profanación a la bóveda del periodista español Gonzalo de Castañón. Tal vileza respondía a la presión encabezada por los voluntarios, quienes exigían sangre para vengar la falta cometida contra tan idolatrado personaje devenido en símbolo de la integridad con España.
Entre los estudiantes procesados por el Tribunal Militar y sancionados a cumplir condenas con trabajos forzados, estuvo Fermín, quien obtuvo una condena de seis años de encarcelamiento, sentencia que no cumpliría por el indulto proclamado por el monarca Amadeo I, tal medida respondía a calmar las tensiones que originó la noticia del horrendo crimen tanto en España como en algunas naciones vecinas.
Valdés Domínguez dedicó 17 años de su vida (1872-1889), a demostrar la inocencia de sus compañeros asesinados. Estando en España en 1872, junto a José Martí participó en las honras fúnebres que se les dedicaron a los 8 estudiantes de medicina y publicó en el año 1873 la obra titulada: Los voluntarios de la Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina, texto que saldría a la luz en Cuba 16 años después del horrendo crimen con el título: El 27 de noviembre de 1871.
Enterado de la presencia en La Habana de Fernando Castañón (Hijo de Gonzalo Castañón), el cual se hallaba con la misión de trasladar los restos de su padre a España. Fermín se personó ante este y frente a la tumba de su progenitor le pidió dar su afirmación sobre el estado del nicho. El joven Castañón tuvo una digna actitud al reconocer que eran falsas las acusaciones de profanación. Entre las pruebas que demostraban la inocencia de los jóvenes asesinados, esta era la de mayor peso para denunciar la injusticia cometida.
El 27 de noviembre de 1889, se inauguró el mausoleo que recogía los restos de los 8 estudiantes de medicina, obra que fue resultad de su titánica labor durante dos años. La primera fase de ese proyecto fue pedir autorización a los familiares para realizar la exhumación de los restos, de igual modo se hizo con la máxima autoridad dueña del cementerio donde descansaban en fosa común los cadáveres.
Luego se creó una comisión encabezada por el propio Fermín, que tenía el propósito de recaudar fondos para la edificación de un monumento digno para los jóvenes, la cual contó con el respaldo de gran parte de la población y de la comunidad de cubanos exiliados. Así quedaba materializado el noble propósito de perpetuar la inocencia de sus hermanos.
Participó además en la expedición de Carlos Roloff a Cuba en 1895, asistió a la Asamblea de Jimaguayú, fue subsecretario de Relaciones Exteriores de la República en Armas y jefe de despacho de Máximo Gómez. Alcanzó el grado de Coronel del Ejército Libertador, perteneció a la Sociedad de Estudios Clínicos y colaboró en investigaciones sobre diferentes enfermedades y padecimientos como la fiebre amarilla.
- Consulte además: Fermín Valdés Domínguez, una mirada a través de Inocencia (+Trailer)
Durante la República no ocupó ningún cargo político y se dedicó a escribir numerosos artículos en la prensa local, hoy totalmente desconocidos, en los que volcó su pensamiento revolucionario. También atacó la injerencia norteamericana y hechos de la etapa neocolonial burguesa.
Muere en 1910 gravemente enfermo. Tras su muerte, su cadáver descansa junto a sus hermanos en el mausoleo concebido, fruto de su heróica labor.
“Todo un pueblo llora su eterna ausencia, todo él le acompaña al lugar donde hoy su materia reposa, y es enterrado en el Mausoleo de los Estudiantes de Medicina, en el Cementerio de Colón”.

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