martes, 7 de febrero de 2023

Habanereando

Ciudad de rituales y metáforas, más allá del tiempo y el salitre del mar...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 15/11/2022
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Intimidades-15-noviembre-2022
La Habana es su gente, sus estampas, su olor. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Este miércoles es el cumpleaños 503 de La Habana, y aunque nací y he permanecido en esta ciudad casi toda mi vida, nunca le he dado vueltas a la ceiba de El Templete en vísperas del 16 de noviembre, como hacen miles de personas llegadas de distintos confines.

He pensado hacerlo, pero me erizan las extensas colas y la aglomeración en la vecina Plaza de Armas, o me gana la pereza cuando imagino la escena y al final permanezco de este lado de la bahía, sin dejarme tentar por bellas galas o discursos floridos.

Por esa razón una añeja amiga, devota de San Cristobal y de Eusebio, me acusa de deslealtad histórica, pecado que se agrava a sus ojos porque nunca he acudido a una festividad de la virgen de mi pueblo, ni a una peregrinación decembrina al Rincón, en la que mucha gente se deja la piel (literalmente) para cumplir promesas o reclamar protección divina.

Cuando mi amiga amenaza con deportarme por impía, le digo que hay otros rituales habaneros que sí tengo en mi haber, como asistir al cañonazo de las nueve, colarme en un festival de cine, hacer el amor en el malecón, perderme en Alamar, gastar horas en una cola de Coppelia, romperse mi vehículo en el túnel, bañarme en la costa con erizos, hacerme fotos frente al capitolio, cruzar en lancha la estrecha rada (obvio) y llevar rellenos a Prado y Neptuno (para arriba, lo demás es natural).

Amo mi ciudad, pero no flipo de orgullo por exhibir un carné de capitalina. Ya lo he dicho antes en tertulias y crónicas: aunque me gusta el mar norteño, me complace más el arroyo de las sierras que he desandado por todo el país.

Del mismo modo, mis experiencias eróticas con paisanos superan los tantos anotados con metropolitanos, y solo dos o tres de estos últimos, es justo decirlo, dejaron huellas de calidad en mi currículo emocional.

No revelaré cifras ni nombres, pero si cuento el tiempo que dediqué a cada historia, mi balanza se inclina con fuerza hacia lo vivido con amantes nacidos más al este: tiempo en la cama y tiempo en la carretera, viajando en busca de lejanos abrazos, a veces por el simple placer de gozar de aire puro y dejar atrás el estrés citadino.    

La Habana de conjunto no me impresiona tanto como otros pueblitos del interior. Soy mujer de olores, ya lo he dicho, y la fragancia de estos lares no me cautiva, salvo excepciones honrosas como la calle Mercaderes, donde hacemos una ruta cultural de la que ya contamos detalles aquí.   

Sin embargo, algunos espacios me traen recuerdos gratos y a esos momentos sí les guardo fervor. Sobre todo cuando pienso en las generaciones que no tendrán oportunidad de vivirlos, porque las tecnologías sociales aniquilan el encanto de sus antecesoras, no siempre para bien.

Por ejemplo, mi hijo ha dormido en casa de sus novias y supongo que ha probado la miel en las becas, pero no sabe lo que es pernoctar en una posada de dudosa reputación. Yo lo hice un par de veces con mi primer esposo (más por curiosidad que por necesidad), y planeaba repetir el estimulante riesgo cuando me enteré que cerraban esos locales para renacerlos como moradas familiares, lo cual era loable, pero dejó a muchas parejas a merced de alquileres privados que cobran más por tres o cuatro horitas de desahogo que el precio estimado de entrada al paraíso no terrenal.

¿Y qué me dicen del cine como destino para citas? ¡Solo en Regla teníamos dos! Ese paseo era genial porque te dejaban entrar a mitad de una tanda y quedarte para la siguiente. Así te enterabas del final de la peli mientras las manos y bocas permanecían tímidamente en su lugar y luego veías el principio entre besos y apretones (por si tus padres preguntaban el argumento), y aprovechabas las escenas que ya sabías más oscuras para tocar fondo… una metáfora que con algunos novios podía volverse bastante literal.     

Nostalgias aparte, la Habana que más disfruto es la que recorro en bici para trabajar o hacer visitas. Ese andar a tu ritmo tiene el plus de dejarte escuchar pregones y bullicios típicos de cada barrio; de contemplar a las parejas que se envuelven con avidez en los portales; de poner a prueba tus reservas físicas en sus numerosas colinas y terrazas, desgastadas por la brisa y el salitre…

Le pido a Jorge que nombre su lugar favorito en la ciudad, y tras pensarlo unos segundos dice que la Plaza de Armas, por su sombra, su fresco, su estatua, la vida circundante… ¿Y para hacer el amor?, pregunto, y ahí sí no vacila en responder: ¡En Regla!, enfatiza varias veces con auténtica convicción.

Otra en mi lugar estaría orgullosa, pero yo recelo: ¿Se acabaron mis tiempos de rodar en la hierba del Morro, o de esconderme en las higueras de los parques de 5ta. avenida, o de aflojar el bikini inferior en los bancos de arena de las playas del Este? Ya veremos…


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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