martes, 7 de febrero de 2023

Fotos y recuerdos

Negar el pasado no quita fuerza a sus raíces...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 11/10/2022
2 comentarios
Intimidades-11-Octubre-2022
Guarda el álbum en blanco y negro y busca otro con fotos vistosas del nietecito lejano. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

“No sé para qué miran esas fotos… ¡Están cheísimas!”, dice él con un acento nada disimulado de rencor. Mientras, ella baja la cabeza con un suspiro y pasa a la siguiente página del abultado álbum que me muestra desde hace varios minutos.

“Son celos, ahorita se le pasa”, murmura mi amiga mientras su segundo marido se aleja con las tazas ya vacías de un delicioso capuchino, preparado con un cariño que pareció trocar en desprecio cuando constató lo que hacíamos en la sala.

“Las fotos de su boda las rompió la ex en un ataque de furia cuando supo lo de nosotros, pero yo guardo las mías con cuidado y a cada rato las ojeo, y eso lo saca de sus cabales”, intenta justificarlo. “El trauma suyo fue tan fuerte que no aceptó que nos fotografiaran al casarnos. ¡Di tú!”.

La escucho a medias, mientras intento distinguir qué tararea el susodicho, parado hace rato frente al fregadero en pose meditativa. Cuando acierto, casi me atoro de la risa con las galletas caseras que acompañaron al café del atento anfitrión: Contigo aprendí / que existen nuevas y mejores emociones. / Contigo aprendí / a conocer un mundo nuevo de ilusiones

Ella también lo percibe y sonríe: “Le gusta mucho Manzanero, y esa es su canción romántica favorita. Me la dedicó desde el primer día que lo vi, tocando con un trío en un bodegón, y siempre la canta para calmarse. Pobrecito, es tan bueno…”.

Guarda el álbum en blanco y negro y busca otro con fotos vistosas del nietecito lejano. Su hijo y su nuera fueron alumnos míos hace años, y como por ahí empezó nuestra cordial cercanía, son casi siempre el principal tema de conversación; pero en estos años ha habido momentos para charlas más íntimas: dolorosas o felices, trascendentales o rutinarias…

Sin ser gente de grandes confesiones ni amante de la vida social, alivia sus ocasionales inquietudes recordando lo que fue, o pudo ser, con quien muestre sensibilidad para entenderla sin dramatismos ni chismorreos. 

Desde que la conozco es así: “suave como amapola, firme como una ceiba”, decía el hijo, repitiendo versos que compuso el padrastro. Aún se aman con la intensidad de casi tres décadas atrás, y sin embargo él sufre la sombra del primer matrimonio de ella, por mucha seguridad que intente exhibir desde que “lo recogió” en un paseo a Baracoa, con “más amargura que un cacao sin procesar”, como le gusta autodescribirse para inspirar lástima y risa a la vez.

Aprendí / que la semana tiene más de siete días… / a hacer mayores mis contadas alegrías, / y a ser dichoso, yo contigo lo aprendí…”. Coloca las tazas, apaga la olla del almuerzo y va hacia el cuarto, donde una guitarra bastante pulida por el uso recibe un rayo de luz coloreado por el ventanal del fondo.   

“Dejen el pasado descansar”, le oí decir con sequedad varias veces mientras hablábamos sobre viajes, galas teatrales, compras de muebles y adornos u otras memorias de la entonces joven madre en las que afloraba cierta afinidad con mi propia vida semi bohemia.     

Con tal de que ella olvide los cinco años de noviazgo, luna de miel, embarazo y abandono que antecedieron a su llegada a esta familia, ha sido capaz de renunciar a los recuerdos de su propia infancia montuna, y hasta a sus casi 30 años juntos. Prefiere hablar solo del presente o del futuro más inmediato. ¡Así de tozuda es su fobia por el pasado de su mujer!

Contigo aprendí / a ver la luz del otro lado de la Luna. / Contigo aprendí / que tu presencia no la cambio por ninguna…

Claro que capto la indirecta, pero me hago la boba y sigo un rato más en el cómodo sillón, mirando fotos y escuchando recuerdos. Entre otras cosas porque el temba canta divino, y aunque la canción sea machista puedo mimar mis oídos con su tonta rabieta existencial.

Descubrí / que puede un beso ser más dulce y más profundo, / que puedo irme mañana mismo de este mundo, / las cosas buenas ya contigo las viví…”, sube el tono mientras se refugia en su aliada con cuerdas, pero mi amiga no da señales de preocupación, y me relajo.

“Los años enseñan… y tu página también”, se atreve a decir, culpándome de su osadía, y ambas reímos mientras, con maliciosa naturalidad, le hacemos coro al final de la canción y a la par formamos con los dedos un gesto de irreverente disidencia: “y contigo aprendí /que yo nací / el día en que / te conocí”. 


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...

Se han publicado 2 comentarios


Milo
 20/10/22 13:37

Lo veo genial! Pero me confunde.. es algo real? Cuentas en primera persona, pero no es de ti... O sí, de algún modo?

Juan Carlos Subiaut Suárez
 14/10/22 15:17

Querida Milo:

Hay a quienes sus recuerdos se expresan en memorias y describen las fotografías, quizás ficcionándolas para hacerlas más potables. Si me permites abusar de tu tiempo, y del espacio de este blog, te propongo la lectura que sigue:

Confesión de diciembre.

De nuevo diciembre. Dicen que es el mes que llega acompañado de luces, aromas, colores, tradiciones, regalos, abrazos y alegría, el mes de esperanza, de misterio, de fe, para compartir y acercar los corazones. Cada uno con su regalo, el íntimo, el personal, el silencioso, el de las heridas cerradas y los rencores olvidados, el mes en que nuestro lado sensible cobra fuerza en nuestro interior y nos hace buscar la paz espiritual. El mes en que afloran todas las remembranzas, las buenas y las malas. El mes que me hace viajar en el tiempo, hacia otro diciembre, hacia diciembre de 1989. Último mes del sueño vivido en los ’80. Antesala de la pesadilla que para que pareciera humana la llamaron periodo especial. Momento en que me enteré, gracias a uno de los periódicos que habitualmente circulaban, que mi anhelo incumplido de ser profesional a pesar y sobre mis limitaciones, alguien lo había conseguido. En La Habana, claro. Con atenciones especiales, claro. Con privilegios especiales, claro. Nada que ver con el reto al que me había enfrentado, tratar de obtener un título universitario en igualdad de condiciones al resto de mis compañeras de clase, que me acompañaban desde que era niña y que me habían visto superar los escalones académicos hasta el Pre Smith Comas de mi querida Cárdenas.

No les reprocho a mis profesores. Algunos ni se dieron cuenta. No les era posible. Un amplio salón de conferencias, sesenta o más alumnos, un ambiente donde lo menos posible era escuchar bien, ni siquiera para los privilegiados que lograran ocupar los asientos más próximos, ni tampoco ver con claridad por la pobre iluminación y el poco desnivel entre el estrado y las mesas que ocupábamos. Si le sumabas la complejidad de los temas (Cálculo I, Física I y otros que ni recuerdo) y la poca preparación que habíamos recibido en el Pre, resultaba para cualquier persona, independiente de poner sus cinco sentidos en ello, sumamente difícil lograr adquirir los nuevos conocimientos o relacionar estos con las exiguas bases de las erudiciones acumuladas anteriormente. La solidaridad de mis compañeras, sus esfuerzos para que copiara las notas de las más aventajadas o de explicarme muchas veces lo que en ocasiones ni bien entendían, hizo que resistiera los primeros meses, que compartiera sus vidas en la beca, que conociera el amor.

Nunca me había enamorado. No es que me faltaran encantos. Era una muchacha alegre y bailadora, me decían que muy bien parecida y de muy buen cuerpo, alta y de pelo lacio, largo por la cintura, en todas las fiestas, descarguitas y en la Casa de los Estudiantes, los jóvenes me miraban embelesados y siempre alguno me invitaba a bailar. Siempre aparecía algún desconocido que se ilusionaba con mi compañía, repetía sus rondas de baile y trataba de enamorarme inútilmente en medio del ruido de la música, de las conversaciones y de algún que otro paso desacorde (siempre habrá malos bailadores)y de la opacidad de las medias luces y del movimiento de las otras parejas que danzaban. Pocos se daban cuenta que ni siquiera les entendía, entre los vanidosos, que no paraban de hablar y embellecer exageradamente la opinión que tenían de ellos mismos, creyendo que el mundo giraba a su alrededor y que, debido a ello, cualquier chica tenía que forzosamente caer rendida a sus pies –hoy les llamarían “mangos”- y los apresurados, que me enamoraban con un ardor cargante, molesto y deprimente, queriendo “apretar” e incluso acostarse conmigo antes de tratar de realmente seducirme. Ninguno logró nada y a la larga, desistían. Es posible que en ello influyera el que alguien le dijera sobre mí y asustara al pretendiente; todos tememos a lo desconocido, a lo inusual, a lo incógnito, a lo extrasensorial.

Había ido aquella noche, como otras, a estudiar en una de las aulas de los edificios docentes con una de mis amigas. Ella resolvía las tareas de clases anteriores y yo estaba copiando de la libreta de otra de mis compañeras. Esa era parte de mi rutina, copiar, copiar y volver a copiar, como única forma de apropiarme de los conocimientos que los profesores les habían entregado en conferencia el día anterior a sus alumnos, sin saber o a pesar de ello, esclarecidos; que una parte, puede que la mayoría, entre ellos siempre yo, no los habían comprendido. Llevaba una hora más o menos en mi labor, entretenida en descifrar las notas de clase –la rapidez no era amiga de la caligrafía- cuando él se me acercó. Lo había visto ya algunas veces, nos habíamos cruzado en la puerta de la residencia estudiantil o en la cola del comedor, sabía que era de años superiores por el grupo con el que andaba, pero nada más.    

Me entregó una hoja de papel con un dibujo. Era un rostro de mujer. Extrañamente se me parecía. Lo miré, entre aprobatoria e inquisitiva. Necesitaba que se explicara. Volví a contemplar la imagen. Cada vez le encontraba mayor parecido. Levanté de nuevo la vista y entonces, inclinándose hacia mí, habló. Por suerte, hablaba despacio y con mucha expresividad, lo que me hizo entender su alegato. Me contó de una historia de tiempos pasados, de un pintor, encerrado por muchos años y condenado a muerte, que le envía a su amada su última remembranza, un dibujo de ella, pintado a partir de sus recuerdos, su amor en un papel, cortesía de un carcelero bondadoso. Hizo una pausa y me dijo: - No soy pintor, ni siquiera dibujo bien, pero he tratado de expresar mis sentimientos a través de ese dibujo que te entregué. Recordé la historia del pintor y nada me pareció que expresase mejor lo que has provocado en mí que dibujarte. No sé si con ello te logré impresionar, quizás muchas veces se te han acercado con pretensiones parecidas, pero creo que nadie habrá sido tan original. Hizo una pausa y continuó: - Quisiera poder seguir conversando contigo, quizás en otra oportunidad, en otro lugar o mejor, te espero y cuando termines, te acompaño a la residencia.

Mientras él me hablaba sentí que mi amiga me apretaba el brazo. Aproveché la pausa y me volví hacia ella. Todo su ser me aconsejaba que me negara a la petición, la rigidez de sus facciones, los ojos bien abiertos, me indicaban que despachara al pretendiente. De nuevo giré hacia él y balbuceé: - No, no quiero, déjeme sola, váyase. Se incorporó y se dirigió hacia la puerta. Ya en el dintel se volvió hacia mí y no pude sostener su mirada. Bajé la cabeza y cuando la levanté, ya se había ido.

Dejé de verlo en varios días. Conservaba el dibujo, que había doblado y guardado en una de mis libretas de aquella noche. Varias veces me había sorprendido contemplándolo y recordando la historia que me había contado. Pregunté sobre el chico a unas compañeras, una había oído hablar de él y me dijo que estaba en cuarto año de industrial, no se le conocía novia, al menos en la Universidad, tocaba la guitarra, componía canciones y hacía versos –músico, poeta y loco- lo definió, añadiendo, –cruelmente- que no se imaginaba al pobre tipo tratando de sensibilizar con un poema a alguien que no podría escucharlo. Me preguntó si él sabía que yo era sorda. -Puede ser que lo que quiera sea aprovecharse de ti, al verte ilusionada, me dijo. Y sentenció: -Es lo que hacen todos los hombres, sobre todo si se dan cuenta que uno está “puesta” para ellos.

En vez de desalentarme este consejo, hizo crecer mi curiosidad para conocer más sobre el muchacho. Busqué un encuentro, tratar de coincidir a la salida de las aulas, en la residencia, en el comedor, pero fue imposible. Nadie me pudo darme alguna referencia; lo habían visto aquí y allá, simplemente no estaba de suerte. Pero mi interés era cada vez mayor. Soñaba con verlo, conocía de su espiritualidad e inducía de su capacidad de crear un vínculo interpersonal superior, de darme la seguridad de lograr una plena intimidad emocional donde compartiríamos vínculos más estrechos, caracterizados por la comprensión y la entrega mutuas; deseaba conocer sus sueños, inquietudes y deseos más recónditos y permitir que él conociera los míos. Pero sobre todo, me lo imaginaba capaz de saltar por encima de cualquier barrera, de cualquier impedimento, de cualquier discapacidad, de aceptarme como era. 

Por otra parte sentía un miedo visceral a intimar. ¿Qué haría cuando lo tuviera enfrente? Todos anhelamos intimidad, pero tenemos miedo y aunque deseamos abrir el corazón, no lo hacemos, para no ser expuestos, rechazados, maltratados, lastimados. Preferimos que nos acepten por lo que no somos, antes que nos rechacen por lo que somos. Recientemente me habían regalado un libro de la Loynaz. Releí un fragmento de la poetisa que venía a tono con mis pensamientos: “… Ay, no vayas a hablar ahora, tu palabra no vino cuando todo mi corazón era un grito pidiéndotela y ya no quiero que hables. Sigue callado ya para siempre. ¿No ves que tengo miedo de tu voz, miedo de lo que me ocultabas detrás de tu boca apretada, miedo de lo que no me dijiste nunca y vas de pronto a decirme, y sobre todo, miedo, un miedo horrible de haber esperado quizás demasiado de tu silencio?”. Me torturaba a la vez la posibilidad de que jamás volviera a acercárseme, a hablarme, a tenerlo cerca.

Sumergida en mi mundo interior, no me daba cuenta que el mundo seguía girando. Arribaron las primeras pruebas, entre ellas varias orales. La solidaridad de mis amigas fue crucial para que lograra los primeros aprobados (por un pelo) pero insuficiente. No había forma de conciliar las exigencias de las complejas preguntas de los exámenes con el exiguo aprendizaje que a duras penas había logrado a pesar de mis deficiencias auditivas. Resultó entonces que fueron acumulándose los insuficientes, desaprobados o “paticos” como todos les llamaban. Al final, fui citada a la Secretaría Docente y conminada a solicitar una licencia “para que no perdiera el año”.

Firmé todos los papeles y regresé a casa. Nunca volví a la Universidad. A ratos me visitaban mis amigas, cada vez con otras preocupaciones, cada vez con menos frecuencia. No les reprochaba, sus vidas forzosamente se alejaban de la mía. Casi todas se graduaron y de vez en cuando veo alguna de las que quedan en Cuba, todas trabajando en Varadero. Conversamos de los tiempos pasados (el presente se limita a las preguntas de siempre, ¿Cómo estás?, ¿Cómo están tus hijos?, etc) y al dejarlas siempre me queda, entre las preguntas que nunca haré, el inquirir si alguna supo de él.

Este ¿relato? ya me lo publicaron e incluso, piratearon, así que...

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